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Paula Atienza

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Amigos del Club de Ciencias Forenses, esta semana presentamos el artículo “Serial murder in medical clinics and care homes”, de Beine, K. H. (2022), en el que el autor recopila información sobre asesinatos en serie en residencias y hospitales perpetrados por enfermeros en el contexto de Alemania, Austria y Suiza. 

En los últimos años se ha visto cómo una serie de asesinatos en clínicas y residencias de ancianos han salido a la luz en los tribunales de todo el mundo. 

Debido a la oscuridad y al desconocimiento que rodea a este tipo de crímenes, podemos echar un vistazo a los juicios por los casos ya descubiertos y observar si arrojan pistas para ayudar a la prevención del fenómeno, evitando futuros casos. 

Además, la identificación temprana, por parte de compañeros de trabajo, de aquellas personas en riesgo de cometer estos delitos es crucial para la seguridad del paciente. Sin embargo, parece ser que esta detección a menudo se ve obstaculizada por el hecho de que compañeros y jefes consideran que es “imposible” que ese tipo de conductas se lleven a cabo en sus instituciones.

En los países de habla alemana (Alemania, Austria y Suiza) se han tramitado judicialmente un total de 12 asesinatos en serie con estas características. En todo el mundo, se han documentado 57

Este estudio se limitó a los asesinatos cometidos en Alemania, Austria y Suiza hasta febrero de 2022. El autor examinó las características de las víctimas, las escenas del crimen, los tipos de asesinato, los perpetradores y sus motivaciones, entre otros puntos de interés. 

Hubo un total de 205 víctimas confirmadas con una edad comprendida entre los 31 y los 96 años. 

En algunos casos de homicidios en residencias y hospitales no es posible confirmar que algunas víctimas hayan sido asesinadas. Esto sucede porque existen largos períodos de tiempo entre el delito y la investigación. Por tanto, es posible que el número real de víctimas sea mucho mayor. 

Solo en casos contados las víctimas se encontraban en un proceso de muerte irreversible. Por otro lado, había otras que se estaban recuperando e incluso iban a ser dadas de alta. 

En 8 escenas del crimen se descubrió una manipulación de los medicamentos sumamente negligente. En la mayoría de casos se utilizaron fármacos considerados agentes letales, como la insulina, sedantes y relajantes musculares, anestésicos, atiarrítmicos o cloruro de potasio, entre otros.

Es importante saber que los exámenes post-mortem no se realizaron a fondo ni de manera competente en ninguna escena del crimen, por lo que es posible que la utilización imprudente de medicamentos se diese con más frecuencia de la que se pudo probar. 

Además, en varios casos los hematomas extensos y las marcas de pinchazos visibles no se cuestionaron y se pasaron por alto. 

En todos los asesinatos en serie quedó claro que los compañeros de trabajo habían notado conductas extrañas por parte del inculpado. Incluso se informó a los jefes sobre este comportamiento. 

Los 17 perpetradores condenados por los 12 casos fueron en un 53% de los casos, mujeres. El 47% restante fueron hombres. Su edad promedio fue de entre 33 y 34 años. Todos ellos eran profesionales de la enfermería. La mayoría vivían solos y a 5 de ellos se les prohibió ejercer la profesión.

En cuanto a características psicológicas, se observó un mayor retraimiento, desarrollo de relaciones interpersonales distantes y frías, una personalidad reservada y tensa, existencia de comentarios denigrantes y un lenguaje áspero, así como arrebatos de agresividad

Se encontró que los asesinos tenían una inseguridad mayor que la media, así como rasgos de personalidad narcisistas. Percibían la inseguridad como una debilidad incompatible con su imagen y, por tanto, la ocultaban y reprimían. 

En todos los casos no hubo un sólo motivo determinante para cometer el delito, sino combinaciones únicas. Por ejemplo: la búsqueda de poder, querer atención de los demás o una supuesta compasión hacia las víctimas

Debido a la complejidad de este tipo de casos, se requiere de una investigación minuciosa para aumentar la eficacia de su prevención. 

Además, es necesaria una mayor atención entre compañeros de trabajo que sea recíproca, información detallada sobre cada paciente, trabajo en equipo y buena comunicación.

Dedicar esfuerzos a mejorar las labores de prevención es imperativo precisamente porque sabemos muy poco sobre el oscuro trasfondo de los homicidios en hospitales y residencias. 

En resumen, el autor insta de manera urgente a que los expertos en la mente del asesino se pongan manos a la obra para conseguir frenar la expansión de este fenómeno criminal.

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Amigos del Club de Ciencias Forenses, esta semana presentamos el artículo “Psychological Profile, Emotion Regulation, and Aggression in Police Applicants: a Swiss Cross-Sectional Study”, de Ceschi, G.; Meylan, S.; Rowe, C. y Boudoukha, A. H. (2022), en el que los autores realizan un estudio para conocer las características psicológicas generales que suelen compartir los agentes de policía y cómo éstas interactúan con las situaciones límite a las que se ven expuestos. 

Al mismo tiempo que garantizan la seguridad pública, los agentes de policía se enfrentan, repetidamente, a situaciones estresantes, violentas y traumáticas, lo que se traduce en una tremenda presión psicológica. 

Por ejemplo, no es raro que se requiera a un oficial de policía para que brinde protección a la víctima de un delito mientras, al mismo tiempo, se encuentra con un delincuente peligroso. 

Estas situaciones requieren de estrategias sofisticadas de control y afrontamiento de emociones, una sólida predisposición personal para lidiar con el estrés y suficientes recursos cognitivos para llevar a cabo todo lo anterior. 

No sorprende a nadie que, según investigaciones anteriores, la exposición a eventos traumáticos contribuya al desarrollo de problemas de salud mental. Por ejemplo, éstos se asocian con el trastorno de estrés postraumático, la depresión, síntomas obsesivo-compulsivos, ira y actitudes agresivas.

Las investigaciones sugieren que los agentes de policía pueden “dar pistas” sobre posibles problemas de salud mental de forma indirecta. Por ejemplo, pueden presentar fatiga crónica, preocupaciones sobre diversos aspectos de su trabajo y su vida personal, sentimientos de falta de apoyo por parte de sus superiores, sensación de sobrecarga de trabajo… 

Sin embargo, es interesante mencionar que, a pesar de que los agentes de policía están continuamente expuestos a eventos estresantes, sólo una minoría de ellos informa de trastornos de estrés postraumático crónico o desequilibrios emocionales importantes. Por ejemplo, en un estudio sueco de 2010 se descubrió que los oficiales de policía tenían una mejor salud mental que la población civil.

En resumen, los policías muestran buenas competencias emocionales ante eventos adversos. Sin embargo, el hecho de que estén expuestos de manera significativa y recurrente a situaciones traumáticas a lo largo de toda su carrera profesional, los pone en riesgo de sufrir eventualmente un desequilibrio emocional y una erosión progresiva de su temperamento original. 

Por lo tanto, es necesario anticiparse a esto para poder apoyar a los policías en riesgo desde el inicio de su carrera, y ayudar a preservar su salud mental y su potencial profesional de la mejor manera. 

El objetivo del presente estudio fue describir el perfil psicológico de los aspirantes a policía en el contexto suizo, valorando sus niveles de estrés, ansiedad, depresión, felicidad, agresividad, impulsividad… entre otros. 

Para ello, se utilizó una muestra de 149 aspirantes a policía de entre 20 y 36 años, y un grupo de control de 110 personas de entre 18 y 33 años. A ambos grupos se les pidió que cumplimentaran una serie de tests y escalas con validez científica para valorar los rasgos de su personalidad. 

De acuerdo con hallazgos previos, la investigación de los autores confirma que los aspirantes a policía en el contexto suizo tienen un perfil psicológico similar que se caracteriza principalmente por sentimientos afectivos equilibrados; es decir, tienen bajos niveles de ansiedad, depresión e ira. 

Además, autoinforman de pocas disposiciones impulsivas y parece que son más propensos a pensar en las consecuencias antes de actuar y a mantener la concentración incluso cuando realizan tareas complejas o aburridas (es decir, son más persistentes).

Sin embargo, este perfil psicológico notablemente equilibrado debe matizarse por un marcado estilo socialmente deseable que conduce a los candidatos a presentarse de forma excesivamente positiva

Se ha descubierto que los aspirantes a policía se suelen engañar más a sí mismos que el resto de la población, según estudios de 1997 y 1999. 

La represión sería un factor que influiría en esto último, y además, también afectaría a la evaluación de situaciones estresantes. Es decir, la represión puede hacer que estas personas eviten, de forma selectiva, prestar atención a información o estímulos negativos y, cuando se enfrentan a ellos, pueden tender a interpretar estas situaciones como no amenazantes, no peligrosas, y sobreestimar su propio potencial de afrontamiento y su capacidad de control. 

Por otro lado, el estudio actual indica que las tendencias de acción agresiva de los aspirantes a policía están influenciadas por altos niveles de ansiedad en determinado momento, el grado de urgencia cuando se enfrentan a sentimientos negativos y una marcada sensibilidad a la recompensa.

Es decir, los aspirantes a policía más sensibles a la recompensa, motivados por incentivos positivos y gratitud, podrían usar más fácilmente actitudes agresivas al encontrarse con obstáculos. Así, los autores consideran que el deseo de obtener recompensas puede considerarse un factor de riesgo para las actitudes agresivas. 

Los autores entienden, por tanto, que hay un perfil psicológico que se selecciona de forma intuitiva, que es específico y consistente con el estilo de afrontamiento represivo. De hecho, este perfil es muy favorable para proporcionar, al menos al principio, una imagen positiva del candidato que incluye buenas estrategias adaptativas cuando se trata de adversidades. Lo que no se debe olvidar es que la exposición crónica a eventos estresantes erosiona el potencial de afrontamiento del individuo. 

Los autores señalan que, si bien este estudio es revelador, se necesitan más trabajos empíricos para sacar conclusiones. Lo que se puede confirmar es que los hallazgos revelan la importancia de seguir esforzándose por comprender los métodos de afrontamiento de situaciones estresantes de los miembros de los cuerpos de seguridad. 

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Amigos del Club de Ciencias Forenses, esta semana presentamos el artículo “The impact of childhood trauma, personality and sexuality on the development of paraphilias”, de Longpré, N.; Galiano, C. B. y Guay, J. P. (2022), en el que los autores realizan un estudio para investigar qué elementos relacionados con la sexualidad, la personalidad y el trauma son los más influyentes en el desarrollo de parafilias.

La Organización Mundial de la Salud define los trastornos parafílicos como una serie de patrones de sexualidad atípica que se relacionan con pensamientos, fantasías o conductas sexuales que involucran a otros cuya edad o condición los hace incapaces de dar un consentimiento real, o conductas sexuales que, en general, causan angustia y ansiedad.

Si bien existen varias definiciones de los trastornos parafílicos, es cierto que hay una categorización básica de los intereses sexuales: los normales o comunes serían los normofílicos y, en el extremo contrario, tendríamos los parafílicos

Uno de los conflictos más importantes es la definición conceptual del trastorno parafílico. Hay personas que sienten excitación sexual de forma atípica, pero no necesariamente implica que sufran un trastorno mental. Por este motivo, el DSM-5 ha aclarado que existe una distinción entre la parafilia (un comportamiento sexual atípico) y el trastorno parafílico. Este último puede definirse como un trastorno mental derivado de comportamientos sexuales atípicos que dura más de 6 meses y que está causando angustia a quien lo sufre, que causa lesiones e incluso la muerte, o que involucra a personas que no quieren o no pueden dar consentimiento legal.

Si bien se han realizado investigaciones sobre la sexualidad humana y las parafilias, todavía existe una comprensión científica limitada de los comportamientos parafílicos y normofílicos. Además, la mayoría de investigaciones se centran en los trastornos parafílicos y dejan atrás la parafilia que no se considera trastorno. 

El presente artículo tuvo como objetivo estudiar la red normológica de la parafilia y exploró los posibles factores de desarrollo que aumentan la probabilidad de desarrollar un interés o comportamiento sexual atípico, enfocándose en la victimización infantil, la hipersexualidad, el consumo problemático de pornografía y los rasgos de la personalidad. 

Lo primero que hay que señalar de nuevo es, que tener unas preferencias sexuales atípicas no significa que alguien tenga un trastorno. Un estudio de 2004 encontró que más del 60% de estudiantes universitarios varones tenían fantasías relacionadas con el sadismo; las mujeres, con la sumisión. 

En las últimas décadas, nuevos estudios han investigado la prevalencia de deseos y comportamientos parafílicos entre la población en general. Por ejemplo, se ha observado que el voyeurismo es la fantasía y comportamiento parafílico más común, seguido del fetichismo, el exhibicionismo y el masoquismo. Entonces ¿qué se considera exactamente un comportamiento sexual normal y uno anormal?

Por otro lado, es muy importante comprender la dinámica de la historia psicosocial de una persona porque puede estar muy relacionado con el desarrollo de sus deseos sexuales. 

Por ejemplo, el impacto de la negligencia y el abuso físico, sexual y/o emocional, se ha considerado en ocasiones un factor relevante. Sin embargo, la investigación sobre esto es escasa.

Se descubrió que el abuso emocional es un factor de riesgo para conductas exhibicionistas, pedófilas y sádicas. Además, el trastorno parafílico se asoció con maltrato físico infantil, maltrato sexual y psicológico, especialmente por parte del cuidador masculino. 

El estudio pretendía llenar algunos vacíos sobre la comprensión de las parafilias y para ello, utilizó una muestra de 372 participantes mayores de edad. Los sujetos respondieron una serie de preguntas a modo de encuesta, la cual fue distribuida por redes sociales.

Los resultados mostraron que la mayoría de los intereses parafílicos que se investigaron no eran raros ni inusuales en una muestra no clínica de personas adultas. Esto está alineado con estudios previos que revelaron que los intereses parafílicos son más comunes de lo que parece en un principio.

Por otro lado, la relación entre el trauma infantil, los rasgos de personalidad y el desarrollo de parafilias está respaldada por varias investigaciones, aunque pocas. Los resultados de los autores revelaron una relación entre el trauma infantil y el desarrollo de ciertos rasgos de la personalidad, como, por ejemplo, el trastorno antisocial. Sin embargo, la relación entre los rasgos de la personalidad y la parafilia fue más débil. Ésta suele darse mediada por la hipersexualidad y el consumo problemático de pornografía.

Los autores indican que se necesita más investigación para comprender las causas de las fantasías, la excitación y las prácticas sexuales inusuales. Para desarrollar estrategias efectivas de prevención y tratamiento, es importante comprender qué factores individuales están involucrados, especialmente si hablamos de conductas peligrosas.

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Amigos del Club de Ciencias Forenses, esta semana presentamos el artículo “Psycholinguistic and socioemotional characteristics of young offenders: do language abilities and gender matter?”, de Winstanley, M.; Webb, R. T. y Conti-Ramsden, G. (2022), en el que los autores realizan un estudio para saber cómo la falta de habilidades lingüísticas puede estar relacionada con un aumento de la tendencia a delinquir en los jóvenes.

La delincuencia juvenil es un problema grave, costoso para la sociedad, que además genera miedo en los ciudadanos. Por ello, es necesaria una consideración cuidadosa del tema, y la comprensión de los factores que se relacionan con la tendencia a delinquir, incluidas las características psicolingüísticas y socioemocionales de los jóvenes que se involucran en la delincuencia.

El lenguaje en concreto, proporciona un enfoque para identificar grupos con dificultades en los perfiles de jóvenes infractores, tanto si son diagnosticados con trastornos del desarrollo del lenguaje, como si no. 

Este conocimiento puede informar tanto a la política como a la práctica de la planificación y la estrategia de la rehabilitación.

El trastorno del desarrollo del lenguaje se refiere a problemas significativos y persistentes para comprender y/o usar el lenguaje hablado. Estos problemas en ningún caso pueden estar asociados a otras dificultades, como una discapacidad auditiva o un trastorno del espectro autista.

La evidencia reciente ha destacado una asociación entre la delincuencia y el trastorno del desarrollo del lenguaje que persiste incluso después de controlar posibles factores de confusión como la posición socioeconómica y/o los años de escolaridad. 

En la escasa literatura previa sobre el tema, los déficits que muestran los delincuentes juveniles en las tareas basadas en el uso del lenguaje, se han valorado desde distintos puntos de vista: se ha tenido en cuenta la forma, el contenido, o el uso del lenguaje desde la palabra hasta el nivel de la oración y el discurso. En consecuencia, se ha demostrado que aproximadamente el 50% de los delincuentes juveniles tienen deficiencias del lenguaje que justificarían un diagnóstico de trastorno del desarrollo del lenguaje, sin haber sido reconocidas previamente. 

Los autores arrojan la idea de que los jóvenes con más antecedentes por delinquir pueden tener más probabilidades de exhibir  un trastorno del desarrollo del lenguaje debido a una eficacia reducida en los métodos de rehabilitación utilizados. 

En este estudio, los autores determinan las habilidades lingüísticas de un grupo de jóvenes que delinquían por primera vez, examinando también las habilidades no verbales. 

Por otro lado, es interesante señalar que las dificultades con la lectura se han relacionado con problemas de comportamiento en la infancia, que tienen que ver tanto con el dominio de la conducta como con la hiperactividad. 

En un estudio del año 2000 se encontró que los delincuentes jóvenes encuestados tenían un nivel de lectura 11,3 años por debajo de su edad cronológica. Además, la comprensión lectora se ha señalado como un predictor de la reincidencia en grupos de jóvenes de entre 16 y 19 años, ya que un bajo nivel de alfabetización puede limitar la capacidad de una persona para acceder a documentación formal de justicia.

Por otro lado, los problemas de conducta en la infancia se han asociado con la delincuencia adulta. 

Además, la literatura relacionada con la prevalencia del trastorno del desarrollo del lenguaje en niños que exhiben problemas de conducta, plantea inquietudes con respecto a la derivación de niños a servicios de rehabilitación que prestan poca atención a las habilidades lingüísticas. 

Los autores creyeron conveniente incluir en su estudio la variable del género, ya que como, por norma general, hay menos mujeres jóvenes que varones en el sistema de justicia, se tendían a realizar análisis con ambos grupos en conjunto. 

La muestra incluyó a 145 jóvenes, 112 varones y 33 mujeres. Los participantes fueron evaluados en 1 ó 2 sesiones de 1 hora a las que se animó a participar a los padres y al personal del equipo. Se obtuvieron medidas psicolingüísticas, socioemocionales y de contexto, a través de test y escalas con validez científica. 

87 de los delincuentes juveniles que participaron en el estudio cumplieron con los criterios para el diagnóstico de un trastorno del desarrollo del lenguaje. Fue igual de frecuente en hombres (58%) que en mujeres (67%). 

La mayoría de los participantes con trastorno del desarrollo del lenguaje, independientemente de su género, revelaron graves dificultades lingüísticas, y sólo 2 informaron haber accedido previamente a servicios relacionados con terapia del lenguaje. Esta falta de identificación de las necesidades lingüísticas es motivo de preocupación, especialmente cuando se considera que existen oportunidades potenciales para que su tratamiento funcione como un factor de protección frente a la delincuencia.

Tampoco hubo diferencias significativas de género en los perfiles psicolingüísticos y socioemocionales de los delincuentes juveniles masculinos y las delincuentes femeninas, salvo niveles más altos de dificultad emocional general en las mujeres. 

Se debe destacar que la mayoría de los participantes comentó que les resultaba muy difícil leer, y de hecho, 19 de ellos abandonaron las tareas de comprensión lectora por no poder responder correctamente. 

Lo que nos revelan estos datos es, en definitiva, que los jóvenes delincuentes con trastorno del desarrollo del lenguaje están en mayor desventaja que aquellos que no lo tienen

Los autores señalan la necesidad de una evaluación del lenguaje y la identificación del trastorno del desarrollo de éste, como una parte crucial de los servicios de justicia penal y una prioridad potencial que puede ser útil en la intervención con delincuentes juveniles. 

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Amigos del Club de Ciencias Forenses, esta semana presentamos el artículo “Relationships Between Offenders’ Crime Locations and Different Prior Activity Locations as Recorded in Police Data”, de Curtis-Ham, S.; Bernasco, W.; Medvedev, O. N. y Polaschek, D. L. L. (2022), en el que los autores realizan un exhaustivo estudio para conocer más acerca de los patrones de elección geográfica de los criminales, para saber si existe relación entre éstos y la rutina de los delincuentes. 

Sabemos, gracias a la teoría de la actividad rutinaria y a la teoría del patrón delictivo, que los delitos ocurren cuando la oportunidad (es decir, la presencia de un objetivo adecuado y disponible) se superpone con los lugares conocidos de los delincuentes a través de sus actividades rutinarias no delictivas, como el lugar donde viven, trabajan o socializan con familiares o amigos.

El desarrollo teórico reciente sugiere que algunos tipos de lugares de actividad son más destacados que otros para las elecciones de ubicación del crimen de los delincuentes. Comprender cuál es más probable que elijan para cometer sus delitos tiene implicaciones muy importantes para la prevención y la investigación de éstos. Puede ayudar a identificar las ubicaciones de alto riesgo e informar de las estrategias más adecuadas para la gestión de los riesgos. También puede ayudar en la elaboración de perfiles geográficos para la investigación del crimen. 

Pero, a pesar de la importancia práctica de poder predecir, a nivel individual, dónde cometerá un delito una persona, hay poca investigación que explore de forma empírica la medida en que los diversos tipos de lugares de actividad se diferencian unos de otros en su influencia sobre el crimen. 

Los estudios hasta la fecha sólo han comparado un subconjunto limitado de ubicaciones (por ejemplo, el hogar del delincuente, hogares de miembros de su familia, o ubicaciones de delitos anteriores). Este estudio aprovecha un gran conjunto de datos nacionales de ubicaciones muy dispares, pertenecientes a actividades de los delincuentes, previas al delito y registradas en una base de datos policial, en un contexto no investigado con anterioridad (Nueva Zelanda). 

Basándose en la psicología ambiental, la teoría del patrón delictivo enfatiza el papel de las actividades rutinarias de las personas en la generación de conciencia sobre las oportunidades delictivas. 

En primer lugar, los delincuentes podrían identificar oportunidades delictivas con mayor facilidad y frecuencia cerca de sus lugares de actividad, llamados nodos. Los estudios cualitativos han confirmado que el hogar, el trabajo y otros lugares de actividad no delictiva tienen el potencial de generar conciencia sobre la oportunidad del delito. Estudios cuantitativos recientes han estimado la mayor probabilidad de que los delincuentes cometan delitos cerca de sus hogares, los hogares de parientes cercanos y las ubicaciones de delitos anteriores, en comparación con otros lugares.

Por otro lado, el papel de las actividades rutinarias en la generación de conciencia sobre las oportunidades delictivas significa que la probabilidad de delinquir suele ser más alta cerca de los nodos de actividad y disminuye con la distancia. Este patrón de disminución de la distancia refleja que las personas están más familiarizadas con las áreas más cercanas que con las más alejadas de sus lugares de actividad, y la familiaridad es un factor importante en la elección de la ubicación del crimen. 

Todo esto también refleja el principio del mínimo esfuerzo: en teoría, las personas viajan la menor distancia necesaria para encontrar la oportunidad de cometer un delito. 

El objetivo principal del artículo es ampliar la comprensión de cómo todas estas asociaciones se dan en la realidad. Para ello, se recogieron datos sobre los delitos y los nodos de actividad de los delincuentes, extraídos de la National Intelligence Application (NIA), una base de datos de la policía de Nueva Zelanda. Los delitos que se incluyeron fueron todos los robos residenciales y no residenciales, robos comerciales y personales y delitos sexuales extrafamiliares cometidos entre 2009 y 2018. Además, en todos ellos se identificó a un delincuente con pruebas suficientes como para proceder en su contra. 

Los resultados obtenidos revelaron que casi todos los nodos se asociaron significativa y positivamente con la elección de la ubicación del crimen. 

De acuerdo con las expectativas basadas en la teoría del patrón delictivo, el crimen casi siempre fue más probable en las inmediaciones de los nodos de actividad y disminuyó con la distancia. Los delitos en el hogar mostraron las asociaciones más fuertes, seguidos por los hogares de la familia inmediata. Esta información es especialmente relevante y novedosa para los robos no residenciales y delitos sexuales extrafamiliares.

Además, parece ser que las personas son más propensas a delinquir cerca de los hogares de la familia inmediata frente a otros parientes más lejanos y parejas íntimas. 

Estos hallazgos, señalan los autores, son interesantes porque pueden contribuir a identificar con mayor exactitud quién es más probable que haya cometido un delito en un lugar en concreto, dada la naturaleza y la proximidad de sus nodos de actividad. 

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Amigos del Club de Ciencias Forenses, esta semana presentamos el artículo “Characteristics of Sexual Homicide Offenders Focusing on Child Victims: a Review of the Literature”, de Page, J.; Tzani-Pepelasi, K. y Gavin, H. (2022), en el que las autoras realizan una revisión de la literatura existente sobre los perfiles criminales de los asesinos sexuales, centrándose, específicamente, en aquellos casos donde las víctimas son niños o adolescentes jóvenes. 

El homicidio sexual se ha vuelto cada vez más popular en los últimos años desde el punto de vista de la investigación científica, especialmente aquel en el que las víctimas son niños.

Aunque el homicidio sexual es un fenómeno raro, que representa sólo entre el 1-4% de los homicidios registrados en Norteamérica y Reino Unido en los últimos años, el público considera estos delitos como los más abominables, y les suele dar mucho más protagonismo. 

Cuando la víctima es un niño, además, atrae intensos niveles de atención de los medios, además, el escrutinio público hacia las fuerzas policiales investigadoras y la presión para realizar un arresto rápidamente son severos. 

Sin embargo, ha habido problemas para definir el homicidio sexual, lo que ha hecho difícil clasificar estos delitos. La mayoría de los estudios revisados en este artículo han utilizado la definición del FBI, que considera un homicidio sexual aquel en que, en la escena del crimen hay: “ropa de la víctima o falta de ropa, exposición de las partes sexuales de la víctima, posición sexual de la víctima, inserción de objetos extraños en las cavidades del cuerpo de la víctima, y/o evidencia de relaciones sexuales”. 

Sin embargo, esta definición puede quedarse un poco corta. En 2015, Chan amplió el concepto incluyendo criterios que pueden no estar disponibles en la escena del delito, como la confesión del delincuente o los efectos personales del agresor, ampliando el ámbito de lo que puede calificarse como homicidio por motivación sexual. 

El objetivo principal de este estudio fue revisar la literatura existente sobre los homicidas sexuales y comparar los hallazgos con los homicidas sexuales de niños, para comprobar si existen similitudes. Para ello, se utilizaron bases de datos y bibliotecas online, donde se encontraron estudios relevantes para su revisión, llegando a un total de 72. 

En 2002, Beauregard y Proulx desarrollaron un modelo de homicidas sexuales que sugería dos tipos de modus operandi: sádico e iracundo, luego ampliaron este modelo para incluir el tercer tipo: oportunista

El sádico tenía una tendencia a premeditar el asesinato, a la mutilación, a la humillación y a esconder el cuerpo. Tenía una personalidad ansiosa, con rasgos de una personalidad evitativa, dependiente y esquizoide, así como algún tipo de desviación sexual e hipersexualidad. Además, eran más propensos a tener baja autoestima. Su modus operandi del delito estaría caracterizado por las fantasías sexuales desviadas del sujeto. 

Los comportamientos sádicos en la escena del crimen incluirían la estrangulación, inserción de objetos extraños, mutilación y uso de restricciones en la víctima, lo que podría demostrar las fantasías sexuales sádicas del delincuente. 

El iracundo no planea el delito, pero es más probable que deje el cuerpo en la escena y experimente soledad antes del asesinato. Tienen rasgos de personalidad dramáticos, incluidas las características de personalidad narcisista y dependiente, un estilo de vida antisocial y su modus operandi se basa en su deseo de venganza contra las personas que creen responsables de sus problemas, incluyendo altos niveles de ira, impulsividad y violencia extrema. Debido a esto último, el asesinato puede darse, a pesar de que al principio, las circunstancias sexuales hayan sido consentidas. 

El oportunista tiene un perfil de personalidad también dramático, que incluye rasgos del trastorno de la personalidad narcisista y antisocial. No tendrían problemas en su vida, pero estarían sexualmente insatisfechos. Su modus operandi estaría caracterizado por su necesidad de gratificación sexual y la creencia de que las demás personas sólo existen para satisfacer sus necesidades. La agresión sexual suele ser un delito de oportunidad, por ejemplo, el delito principal puede haber sido un robo y luego ocurrió una agresión sexual como resultado de la disponibilidad de la víctima. 

¿Y con respecto a este tipo de delitos en niños? Estos mismos autores exponen su propio modelo en 2019, tras una revisión de la literatura existente, sobre 72 casos de homicidios sexuales cometidos en Francia. 

La primera de las categorías es la del asesino “intencional/prepúber” (20,9%), con víctimas mayoritariamente masculinas y de corta edad (9 años). Los delincuentes estarían familiarizados con el lugar del crimen y atacarían a sus víctimas dentro de una residencia. La mayoría de ellos penetraban y tocaban sexualmente a las víctimas y trasladaban el cuerpo tras la muerte. Este tipo de delincuente era el más propenso a consumir drogas o alcohol antes de cometer el homicidio. 

Por otro lado, está el tipo “involuntario/preadolescente” (11,1%), con víctimas mayoritariamente masculinas. Se dirigían a víctimas desconocidas (75%) y la mayoría eran asesinadas por estrangulamiento, pero no fueron penetradas sexualmente.

El grupo más común fue el “intencional/preadolescente” (22,2%). Las víctimas masculinas también fueron las predominantes. Estos delincuentes eran propensos a consumir drogas antes del delito. La penetración sexual siempre se realizaba y la humillación ocurría con frecuencia. Además, las víctimas también eran golpeadas con asiduidad. No intentaron ocultar el cuerpo y normalmente lo enterraban de forma parcial. 

El agresor “involuntario/preadolescente” (11,1%) fue uno de los menos comunes y se caracterizó por la exclusividad de mujeres víctimas, además de elegirlas por su corta edad (10 años o menos). En su mayoría, eran niñas desconocidas (75%). Se practicaba siempre la penetración sexual, rara vez movían el cuerpo de la víctima y no intentaban ocultarlo. 

El tipo “intencional/adolescente” (16,7%) se dirige a víctimas de aproximadamente 12 años de edad. Practicaban la penetración sexual y el estrangulamiento, movían el cuerpo de la víctima después del crimen, parecían evitar el contacto social con los demás y eran los más propensos a exhibir comportamientos sexuales sádicos en la escena. 

Finalmente, está el grupo “indiscriminado/adolescente” (18,1%) que se caracterizó por la criminalidad y antecedentes previos. La mayoría de víctimas eran mujeres de aproximadamente 14 años, normalmente desconocidas.

Este modelo propuesto es bastante bueno, ya que menciona la edad de las víctimas, los comportamientos en la escena del crimen, y brinda características aproximadas del delincuente que la policía podría utilizar en las primeras etapas de una investigación. Sin embargo, podría ampliarse para incluir más detalles sobre los antecedentes criminales anteriores o datos geográficos en relación con las víctimas y el criminal, lo cual reforzaría el modelo y lo convertiría en una herramienta de investigación mucho más útil. 

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Amigos del Club de Ciencias Forenses, esta semana presentamos el artículo “Bringing Light into the Dark: Associations of Fire Interest and Fire Setting With the Dark Tetrad”, de Wehner, C.; Ziegler, M.; Kirchhof, S. y Lämmle, L. (2022), en el que los autores realizan un estudio para saber si existe alguna relación entre los rasgos de la llamada Tétrada Oscura y la fascinación por el fuego o los incendios provocados. 

El fuego siempre ha jugado un papel importante en la humanidad, ya sea como fuente de calor y luz, como medio para cocinar, o como una fuente de entretenimiento. Sin embargo, casos trágicos como los incendios forestales, o el incendio de Notre Dame en 2019, traen a la conciencia pública el potencial destructivo que también posee el fuego. 

Ya sea deliberadamente o por accidente, un incendio descontrolado causa graves daños tanto a personas como a la propiedad. Los incendios causaron 3.655 muertes en Estados Unidos en el año 2018, y de ellos, 350 fueron consecuencia de incendios provocados. 

Debido a este potencial destructivo, es necesario explorar el comportamiento de provocar incendios e investigar qué factores llevan a un individuo a ese punto. 

La investigación ha identificado varias vulnerabilidades psicológicas que se califican como factores de riesgo potenciales. Uno de ellos es el interés o la fascinación por el fuego, además de por iniciarlo. 

Muchos estudios se han centrado en la importancia de integrar los hallazgos sobre trastornos de la personalidad y patologías mentales al asunto de los incendios. Una mejor comprensión de la relación entre los rasgos complejos y oscuros, y la provocación de incendios, puede informar sobre los esfuerzos que se deben tomar en materia de prevención, o incluso puede ayudar a desarrollar teorías sobre cómo se desarrolla una patología que deriva en este comportamiento. 

Se ha planteado la hipótesis de que dos rasgos asociados con el interés por el fuego y la provocación de incendios son la impulsividad y la búsqueda de emociones. Y el vínculo entre provocar incendios e impulsividad, en concreto, se ha demostrado empíricamente.

Dado que la psicopatía incluye la impulsividad como uno de sus aspectos centrales, los autores la consideran potencialmente relevante para la predicción de la provocación del fuego. 

Otras variables incluyen otros rasgos de la Tétrada Oscura. Ésta es más conocida como Tríada Oscura, pero algunos autores la denominan “Tétrada” añadiendo un factor más, en total: psicopatía, narcisismo, maquiavelismo y sadismo. 

Cuando pensamos en provocar incendios, lo primero en lo que pensamos es en la piromanía. Esta se clasifica por un gran interés por el fuego, pero también por experiencias en las que antes de provocar un fuego se siente tensión y excitación y tras el acto, un gran alivio. Debido a estos criterios, es complicado diagnosticar la piromanía, por lo que la gran mayoría de personas con este trastorno no lo saben y, lo que es peor, no lo tratan. 

Una teoría que incorporó el interés por el fuego como un factor importante para provocarlos, es la Teoría de Trayectorias Múltiples de Incendios (M-TTAF, por sus siglas en inglés). Describe cómo las vulnerabilidades psicológicas y otros factores, como los aspectos culturales o del desarrollo, así como el contexto situacional y el aprendizaje social, pueden provocar un incendio. Los autores sugirieron cuatro trayectorias posibles dentro de esta teoría: la antisocial, la del agravio, la del interés por el fuego y la de la necesidad de reconocimiento, existiendo una quinta, que sería la combinación de las otras cuatro. 

Para ello, los autores realizaron un estudio en el que participaron 222 personas y a las que se les realizaron una serie de cuestionarios relacionados con la fascinación por el fuego, la Tétrada Oscura y la M-TTAF. 

Se encontró que la psicopatía y el sadismo físico directo están significativamente correlacionados con el interés por el fuego y el entorno. El sadismo verbal directo se correlacionó positivamente, por un lado, también con el interés por el fuego, y por otro, con la provocación de éste. 

Estas dos últimas tendencias se correlacionaron positivamente, a su vez, con el M-TTAF que sugiere que el interés por el fuego es un factor importante para algunas personas, pero no para todas. Por ejemplo, alguien que sigue la trayectoria del agravio propuesta por el modelo, estaría más motivado por la venganza o la retribución cuando comete un incendio, que por el interés que tenga en el fuego en sí. 

El sadismo vicario se relacionó, por otro lado, con la satisfacción producida únicamente al ver el fuego de un incendio activo. 

Además, se vio una vez más la relación entre la impulsividad y la provocación de incendios. Y la psicopatía mostró la relación más fuerte entre los otros rasgos de la Tétrada Oscura. Como la impulsividad es una faceta clave de la psicopatía, parece lógico relacionar, con cautela, la provocación de incendios con la psicopatía.

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Amigos del Club de Ciencias Forenses, esta semana presentamos el artículo “Masochist or Murderer? A Discourse Analytic Study Exploring Social Constructions of Sexually Violent Male Perpetrators, Female Victims-Survivors and the Rough Sex Defense on Twitter”, de Sowersby, C. J.; Erskine-Shaw, M. y Willmott, D. (2022), en el que los autores realizan un análisis de publicaciones de Twitter en las que se habla sobre sexualidad, violencia, víctimas y género, teniendo en cuenta que las redes sociales, hoy en día, ayudan a modelar el pensamiento social colectivo. 

Ya hemos mencionado en varias ocasiones que la violencia sexual es uno de los grandes problemas a los que la sociedad moderna se enfrenta. Las estadísticas de delincuencia muestran la creciente prevalencia de este tipo de violencia en todo el mundo. Desde 2014, países como Canadá, Australia, Nueva Zelanda o Irlanda han experimentado aumentos año tras año en los delitos sexuales registrados por la policía, mientras que las estadísticas en Estados Unidos revelan la misma tendencia desde 2013. 

Estos datos son desconcertantes, aunque una de las explicaciones que se propone a esto es que las tasas hayan aumentado por una mayor conciencia de los casos de abuso, entre otros motivos, por el surgimiento de campañas de concienciación y sensibilización, así como de apoyo a víctimas violencia de género y sexual, como el movimiento del #MeToo. 

También puede deberse a una mejora en la preparación de la policía para enfrentarse a este tipo de casos, sumado a una mayor voluntad de investigar estas denuncias.

Por otro lado, si bien se reconoce que tanto hombres como mujeres experimentan violencia sexual, las cifras de delitos denunciados destacan por su brecha de género, ya que, a nivel mundial, los hombres son mayoritariamente los perpetradores de estos delitos y las mujeres, las víctimas. 

En Inglaterra y Gales, las cifras revelan que el 98% de los procesados por delitos sexuales graves son hombres y las mujeres suponen el 84% de las víctimas. 

Los autores mencionan que es posible que exista una cifra desconocida de víctimas masculinas que no sale a la luz por el estigma que rodea aún a la victimización sexual masculina, y por las expectativas sociales en torno al rol de género masculino. 

Es interesante mencionar que, junto a la preocupación por la prevalencia del abuso contra las mujeres, existe una reciente cobertura de los medios de comunicación a numerosos delitos sexuales de alta gravedad, que ha llevado el tema de la seguridad de las mujeres a la conciencia pública. 

Esto deriva en una cobertura mediática que llega a las redes sociales, creando debates y generando opiniones que se hacen públicas. 

Y, a pesar de la importancia del fenómeno que rodea a la violencia sexual, hay muy poca investigación dedicada a explorar las actitudes públicas hacia ella y que se relacionen, a su vez, con “el sexo duro”. 

¿Y por qué el sexo duro? La investigación hace especial hincapié entre distinguir entre el sexo duro y la violencia sexual porque la línea que separa ambos conceptos es muy delgada. 

Este tipo de sexualidad, si bien involucra un cierto grado de fuerza o agresión, tiene como punto central el consenso. El fetichismo violento, el daño corporal, la humillación, la dominación o la sumisión, son algunas de las experiencias que pueden vivir quienes practican este tipo de sexo de forma segura, debido a su peligrosidad, que puede ser más o menos extrema. 

Para distinguir entre violencia sexual y sexo violento, lo importante es, como hemos dicho, el consentimiento. Sin embargo, hay momentos donde el consentimiento es precario, sobre todo en situaciones de trauma o con un trasfondo de abuso. 

La investigación también menciona la pornografía, con un éxito creciente de las categorías más violentas, lo que contribuye a difuminar las diferencias entre el sexo duro y las violaciones o agresiones sexuales reales. 

Por otro lado, y volviendo a la influencia mediática de las redes sociales en el pensamiento colectivo, los autores mencionan el concepto de “slut-shaming”, que en muchas ocasiones se utiliza para culpabilizar a las víctimas de violencia sexual, especialmente si son mujeres. El slut-shaming, por ejemplo, utiliza como “excusa” para la agresión sexual vivida el hecho de que una mujer haya bebido alcohol o tenga una vida sexual muy activa. Esto pone de manifiesto la necesidad de investigar sobre todos los datos mencionados, con especial hincapié en los roles de género y la influencia del sexo duro en la percepción de la violencia sexual. 

Para ello, los autores realizan búsquedas en la red social Twitter, que es una de las más populares actualmente. 

Encontraron que a menudo aparece la dicotomía “virgen-puta” para hablar de las mujeres, lo cual las categoriza de forma extrema en función de sus preferencias sexuales y construye un lenguaje negativo y difamatorio. Por ejemplo, para aquellas mujeres a quienes no les gusta el sexo duro, a menudo se las califica como “santurronas” o “aburridas”, todo lo contrario para aquellas a las que sí, a las que se insulta y humilla. Esto es muy interesante, sobre todo, porque contribuye a la culpabilización de las víctimas de violencia sexual. 

Por otro lado, se legitima cada vez más el sexo duro como una sexualidad normativa, restándole importancia a su peligrosidad potencial. 

También se extreman las concepciones asociadas a los roles de género, no sólo en el caso de las mujeres, sino también en el de los hombres, haciendo ver que está en su naturaleza biológica ser seres agresivos e hipersexuales. 

En definitiva, hace falta dedicar esfuerzos, recursos e investigación a comprender mejor el fenómeno de las redes sociales y cómo moldean la opinión pública. Además, teniendo en cuenta la magnitud del problema de la violencia sexual, entenderla, prevenirla y actuar de forma adecuada con las víctimas es una absoluta prioridad

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Amigos del Club de Ciencias Forenses, esta semana presentamos el artículo “How bad is crime for business? Evidence from consumer behavior”, de Fe, H. y Sanfelice, V. (2022), en el que los autores realizan un estudio con datos de la ciudad de Chicago para entender el comportamiento de los consumidores cuando se trata de elegir qué negocios frecuentar, teniendo en cuenta las tasas de criminalidad del lugar en que éstos se sitúan. 

Numerosos estudios sugieren que el miedo a la victimización hace que los consumidores, trabajadores y empresarios alteren sus actividades. El crimen y los cambios de comportamiento que conlleva, aumentan el coste de hacer negocios en un lugar y, por tanto, afecta al desarrollo económico de toda la zona. 

La literatura económica ha dedicado muy poca atención a estudiar si el crimen impacta en las actividades comerciales, y si es así, cómo lo hace, explorando en concreto el comportamiento del consumidor. 

Este es el objetivo de los autores con este artículo: llenar el vacío existente en la literatura sobre este punto, mediante la medición del comportamiento del consumidor en función de las actividades delictivas de una zona. Comprenderlo es fundamental para las empresas, los urbanistas, la criminología urbana y los responsables políticos. 

En los últimos tiempos, la presencia de pequeñas empresas locales como cafeterías, supermercados y bares, se ha convertido en un símbolo de desarrollo de los barrios. Por tanto, al medir la respuesta del consumidor a la delincuencia local, se ayuda a los responsables de la formulación de políticas a comprender cómo la delincuencia puede afectar a los esfuerzos que se realizan para impulsar el desarrollo económico. 

Un estudio de 2019 informaba que una mayor prevalencia de delitos violentos y contra la propiedad privada estaría significativamente asociada tanto con el fracaso empresarial como con la reubicación de negocios. Otro estudio de 2016 encontró que la delincuencia en los vecindarios reduce los valores de las propiedades comerciales. Sin embargo, no existe un consenso claro sobre el efecto del crimen, ya que la mayoría de resultados empíricos no tienen aún interpretaciones causales.

Para comprender la relación entre el crimen y la elección del consumidor, se deben examinar tres roles: el del consumidor, el del delincuente y el de la empresa. 

La teoría criminológica reconoce que un delincuente motivado, la presencia de un objetivo adecuado y la ausencia de una tutela efectiva, son elementos esenciales que propician el hecho delictivo. Conscientes de estos elementos, los ciudadanos asimilan el riesgo de convertirse en víctimas y modifican sus acciones en base a ello. 

El nivel de delincuencia asociado con la ubicación de un lugar puede afectar a los consumidores de un negocio de varias maneras. Por ejemplo, las personas pueden tomar en consideración el riesgo de ser víctimas de un delito mientras visitan físicamente un establecimiento y pueden optar por evitar ciertas áreas

La percepción de la violencia ha afectado también a la decisión residencial, remodelando las ciudades con la huida de las familias a las afueras, en busca de un entorno más seguro.

Los consumidores también pueden verse afectados a través de las experiencias emocionales asociadas con el uso de un servicio: las experiencias positivas en un entorno tienen una influencia positiva en las emociones, y al contrario ocurre lo mismo. 

Por otro lado, las personas también pueden evaluar su riesgo de ser victimizados a través de la observación, como ya señaló la famosa teoría de las ventanas rotas, o, por ejemplo, siendo conscientes de la presencia policial en un lugar. 

Por otro lado, hay varias formas en las que el flujo de consumidores afecta a la decisión de los individuos de cometer delitos. Por ejemplo, los lugares con más gente ofrecen más oportunidades para que los delincuentes ataquen. Una mayor circulación de personas en áreas urbanas también puede alterar el orden social y facilitar la discreción de las actividades ilícitas disminuyendo la probabilidad de aprehensión del criminal. Incluso los consumidores pueden convertirse en delincuentes cuando las reuniones generan conflictos sociales. 

En cuanto a los negocios, pueden sufrir delitos como hurtos o robos, y gastar muchos recursos económicos en medidas de prevención y protección para aumentar la seguridad privada. La delincuencia puede provocar, por otro lado, una disminución de los ingresos si ahuyenta a los consumidores. 

Los autores analizaron datos procedentes de las autoridades policiales de la ciudad de Chicago, una de las más importantes de Estados Unidos.

Los resultados principales sugieren que el efecto de la delincuencia en las visitas de los consumidores a los negocios es grande y significativo cuando los incidentes ocurren en espacios públicos, mientras que los delitos que ocurren en las residencias privadas no tienen un efecto estadístico relevante. 

Por otro lado, el crimen parece tener un efecto negativo en el número de visitas y el número de clientes que recibe un establecimiento, pero no se encontraron efectos importantes en el tiempo que estos clientes permanecían en el local.

Y, como es lógico, las visitas nocturnas son más sensibles a los cambios en el crimen que las visitas diurnas. 

Los hallazgos del artículo son consistentes con el argumento de que la percepción de la violencia y el riesgo de victimización ahuyenta a los consumidores, lo que hace que las empresas sean potencialmente menos rentables.

Comprender esto es útil para ayudar a los legisladores y las agencias locales a planificar la reactivación y el desarrollo económico de las comunidades, de la mano con políticas efectivas de prevención de la criminalidad. 

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Amigos del Club de Ciencias Forenses, esta semana presentamos el artículo “Predicting rapist type based on crime-scene violence, interpersonal involvement, and criminal sophistication in U.S. stranger rape cases”, de Mellink, I. S. K.; Jeglic, E. L. y Bogaard, G. (2022), en el que las autoras realizan un estudio en el que investigan las particularidades de los casos de violadores en serie y violadores de una sola víctima, para saber cuáles son los elementos propios de cada caso y realizar un análisis comparativo que ayude en la perfilación criminal de casos similares.

La violencia sexual es un grave problema de salud pública en todo el mundo. Sólo en los Estados Unidos, una de cada seis mujeres ha sido víctima de un intento de violación o de una violación consumada a lo largo de su vida. Por lo tanto, parece una necesidad de gran urgencia comprender mejor a quienes cometen agresiones sexuales para aumentar las tasas de condena. 

Las pruebas físicas, como el ADN o las huellas dactilares encontradas en la escena del crimen, a menudo no se encuentran o, si se encuentran, pueden no ser concluyentes. Por ello, si establecemos un vínculo entre el delito y el delincuente utilizando otros medios, será valioso para la investigación, al reducir el grupo de posibles sospechosos. 

La elaboración de perfiles criminales es una de las muchas técnicas que ayudan en el proceso de investigación, de identificación, localización y arresto de delincuentes en general y en casos de violación en particular. 

En la perfilación criminal, se usan las características de la escena del crimen para inferir información que ayude a reducir la lista de sospechosos y a aprehender al victimario.

Al atender a los comportamientos observables de la escena del crimen, las fuerzas del orden pueden identificar pistas sobre el tipo de delincuente con el que están tratando, como la probabilidad de que el delincuente sea un violador en serie, o bien un violador de una sola víctima. 

¿Por qué este último punto es importante? Precisamente porque, si hay características de la escena del crimen que asocien el caso con que el victimario sea un violador en serie, esto podría indicarnos que ha cometido otros delitos similares, lo que, a su vez, puede dar a los investigadores la idea de buscar en sus bases de datos los antecedentes penales de los sospechosos y así, hacer una importante criba. 

Para comprender mejor a quienes cometen violaciones, los delincuentes pueden clasificarse en función de variables del comportamiento o de su modus operandi.

Desde el punto de vista de la mayoría de expertos, la violación se ve como un suceso en el que el delincuente trata su víctima de manera similar a cómo trataría a otras personas en un contexto no delictivo. 

Esto, sumado a otros hallazgos, sugiere que es posible vincular un delito y un delincuente por su comportamiento. Esta vinculación se basa en dos ideas: la consistencia y la variabilidad. La consistencia se refiere a que el comportamiento delictivo de un sujeto es consistente, lo que significa que una misma persona probablemente se comporte de manera similar en otros delitos. Y variabilidad se basa en que dos delincuentes no se comportarán exactamente de la misma manera, lo que permite distinguirlos. 

Los autores deciden centrarse en las diferencias que existen entre los violadores en serie y los violadores de una sola víctima y que se pueden extraer en base a su comportamiento en la escena del crimen. Hay una gran escasez de literatura empírica al respecto, pero un estudio de 1987 arroja algunas ideas interesantes, como que los violadores de una sola víctima tienen más probabilidades de ser conocidos por sus víctimas que los violadores en serie, y prefieren usar un enfoque seguro en lugar de un ataque rápido. Con los violadores en serie pasaría al contrario. 

En el presente estudio, los autores utilizaron los datos relativos a los casos de 3.168 internos de una prisión de Nueva Jersey, que cumplían condena en el momento de escribir el artículo por delitos sexuales. 

Encontraron que los violadores de una sola víctima y los violadores en serie pueden diferenciarse los unos de los otros, efectivamente, según su comportamiento; y además, los autores clasifican los casos según tres categorías: violencia, sofisticación criminal y comportamiento interpersonal. 

Los violadores de una sola víctima tienen más probabilidades de tener una escena del crimen con características violentas, y son más propensos a penetrar digitalmente y amenazar a sus víctimas. 

Por otro lado, los violadores en serie, tienen una escena del crimen más sofisticada desde el punto de vista criminal, por ejemplo, incapacitan a la víctima o usan un arma. Esto está en línea con investigaciones anteriores que muestran que los violadores en serie son más sofisticados en general. 

Los violadores en serie usan armas con mayor probabilidad, la cual tiende a ser una pistola o un cuchillo, y, además de incapacitar a su víctima con mayor frecuencia, como ya hemos mencionado, también suelen preparar a la víctima y guiarla o atraerla a algún lugar. También es menos probable que este tipo de violadores consuma drogas o alcohol durante el delito o inmediatamente antes de éste, para seguir siendo criminalmente sofisticados y evitar ser detectados, puesto que no les compensa arriesgar su éxito consumiendo estas sustancias. 

A pesar de obtener algunas ideas interesantes, los autores señalan la necesidad de continuar investigando sobre el proceso criminológico completo de la violación, desde la víctima al victimario, y lo que se relaciona con la escena del crimen, ya que sólo conociendo y entendiendo estos datos seremos capaces de mejorar la prevención.

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