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Amigos del Club de Ciencias Forenses, esta semana presentamos el artículo “Relationships Between Offenders’ Crime Locations and Different Prior Activity Locations as Recorded in Police Data”, de Curtis-Ham, S.; Bernasco, W.; Medvedev, O. N. y Polaschek, D. L. L. (2022), en el que los autores realizan un exhaustivo estudio para conocer más acerca de los patrones de elección geográfica de los criminales, para saber si existe relación entre éstos y la rutina de los delincuentes. 

Sabemos, gracias a la teoría de la actividad rutinaria y a la teoría del patrón delictivo, que los delitos ocurren cuando la oportunidad (es decir, la presencia de un objetivo adecuado y disponible) se superpone con los lugares conocidos de los delincuentes a través de sus actividades rutinarias no delictivas, como el lugar donde viven, trabajan o socializan con familiares o amigos.

El desarrollo teórico reciente sugiere que algunos tipos de lugares de actividad son más destacados que otros para las elecciones de ubicación del crimen de los delincuentes. Comprender cuál es más probable que elijan para cometer sus delitos tiene implicaciones muy importantes para la prevención y la investigación de éstos. Puede ayudar a identificar las ubicaciones de alto riesgo e informar de las estrategias más adecuadas para la gestión de los riesgos. También puede ayudar en la elaboración de perfiles geográficos para la investigación del crimen. 

Pero, a pesar de la importancia práctica de poder predecir, a nivel individual, dónde cometerá un delito una persona, hay poca investigación que explore de forma empírica la medida en que los diversos tipos de lugares de actividad se diferencian unos de otros en su influencia sobre el crimen. 

Los estudios hasta la fecha sólo han comparado un subconjunto limitado de ubicaciones (por ejemplo, el hogar del delincuente, hogares de miembros de su familia, o ubicaciones de delitos anteriores). Este estudio aprovecha un gran conjunto de datos nacionales de ubicaciones muy dispares, pertenecientes a actividades de los delincuentes, previas al delito y registradas en una base de datos policial, en un contexto no investigado con anterioridad (Nueva Zelanda). 

Basándose en la psicología ambiental, la teoría del patrón delictivo enfatiza el papel de las actividades rutinarias de las personas en la generación de conciencia sobre las oportunidades delictivas. 

En primer lugar, los delincuentes podrían identificar oportunidades delictivas con mayor facilidad y frecuencia cerca de sus lugares de actividad, llamados nodos. Los estudios cualitativos han confirmado que el hogar, el trabajo y otros lugares de actividad no delictiva tienen el potencial de generar conciencia sobre la oportunidad del delito. Estudios cuantitativos recientes han estimado la mayor probabilidad de que los delincuentes cometan delitos cerca de sus hogares, los hogares de parientes cercanos y las ubicaciones de delitos anteriores, en comparación con otros lugares.

Por otro lado, el papel de las actividades rutinarias en la generación de conciencia sobre las oportunidades delictivas significa que la probabilidad de delinquir suele ser más alta cerca de los nodos de actividad y disminuye con la distancia. Este patrón de disminución de la distancia refleja que las personas están más familiarizadas con las áreas más cercanas que con las más alejadas de sus lugares de actividad, y la familiaridad es un factor importante en la elección de la ubicación del crimen. 

Todo esto también refleja el principio del mínimo esfuerzo: en teoría, las personas viajan la menor distancia necesaria para encontrar la oportunidad de cometer un delito. 

El objetivo principal del artículo es ampliar la comprensión de cómo todas estas asociaciones se dan en la realidad. Para ello, se recogieron datos sobre los delitos y los nodos de actividad de los delincuentes, extraídos de la National Intelligence Application (NIA), una base de datos de la policía de Nueva Zelanda. Los delitos que se incluyeron fueron todos los robos residenciales y no residenciales, robos comerciales y personales y delitos sexuales extrafamiliares cometidos entre 2009 y 2018. Además, en todos ellos se identificó a un delincuente con pruebas suficientes como para proceder en su contra. 

Los resultados obtenidos revelaron que casi todos los nodos se asociaron significativa y positivamente con la elección de la ubicación del crimen. 

De acuerdo con las expectativas basadas en la teoría del patrón delictivo, el crimen casi siempre fue más probable en las inmediaciones de los nodos de actividad y disminuyó con la distancia. Los delitos en el hogar mostraron las asociaciones más fuertes, seguidos por los hogares de la familia inmediata. Esta información es especialmente relevante y novedosa para los robos no residenciales y delitos sexuales extrafamiliares.

Además, parece ser que las personas son más propensas a delinquir cerca de los hogares de la familia inmediata frente a otros parientes más lejanos y parejas íntimas. 

Estos hallazgos, señalan los autores, son interesantes porque pueden contribuir a identificar con mayor exactitud quién es más probable que haya cometido un delito en un lugar en concreto, dada la naturaleza y la proximidad de sus nodos de actividad. 

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Amigos del Club de Ciencias Forenses, esta semana presentamos el artículo “Characteristics of Sexual Homicide Offenders Focusing on Child Victims: a Review of the Literature”, de Page, J.; Tzani-Pepelasi, K. y Gavin, H. (2022), en el que las autoras realizan una revisión de la literatura existente sobre los perfiles criminales de los asesinos sexuales, centrándose, específicamente, en aquellos casos donde las víctimas son niños o adolescentes jóvenes. 

El homicidio sexual se ha vuelto cada vez más popular en los últimos años desde el punto de vista de la investigación científica, especialmente aquel en el que las víctimas son niños.

Aunque el homicidio sexual es un fenómeno raro, que representa sólo entre el 1-4% de los homicidios registrados en Norteamérica y Reino Unido en los últimos años, el público considera estos delitos como los más abominables, y les suele dar mucho más protagonismo. 

Cuando la víctima es un niño, además, atrae intensos niveles de atención de los medios, además, el escrutinio público hacia las fuerzas policiales investigadoras y la presión para realizar un arresto rápidamente son severos. 

Sin embargo, ha habido problemas para definir el homicidio sexual, lo que ha hecho difícil clasificar estos delitos. La mayoría de los estudios revisados en este artículo han utilizado la definición del FBI, que considera un homicidio sexual aquel en que, en la escena del crimen hay: “ropa de la víctima o falta de ropa, exposición de las partes sexuales de la víctima, posición sexual de la víctima, inserción de objetos extraños en las cavidades del cuerpo de la víctima, y/o evidencia de relaciones sexuales”. 

Sin embargo, esta definición puede quedarse un poco corta. En 2015, Chan amplió el concepto incluyendo criterios que pueden no estar disponibles en la escena del delito, como la confesión del delincuente o los efectos personales del agresor, ampliando el ámbito de lo que puede calificarse como homicidio por motivación sexual. 

El objetivo principal de este estudio fue revisar la literatura existente sobre los homicidas sexuales y comparar los hallazgos con los homicidas sexuales de niños, para comprobar si existen similitudes. Para ello, se utilizaron bases de datos y bibliotecas online, donde se encontraron estudios relevantes para su revisión, llegando a un total de 72. 

En 2002, Beauregard y Proulx desarrollaron un modelo de homicidas sexuales que sugería dos tipos de modus operandi: sádico e iracundo, luego ampliaron este modelo para incluir el tercer tipo: oportunista

El sádico tenía una tendencia a premeditar el asesinato, a la mutilación, a la humillación y a esconder el cuerpo. Tenía una personalidad ansiosa, con rasgos de una personalidad evitativa, dependiente y esquizoide, así como algún tipo de desviación sexual e hipersexualidad. Además, eran más propensos a tener baja autoestima. Su modus operandi del delito estaría caracterizado por las fantasías sexuales desviadas del sujeto. 

Los comportamientos sádicos en la escena del crimen incluirían la estrangulación, inserción de objetos extraños, mutilación y uso de restricciones en la víctima, lo que podría demostrar las fantasías sexuales sádicas del delincuente. 

El iracundo no planea el delito, pero es más probable que deje el cuerpo en la escena y experimente soledad antes del asesinato. Tienen rasgos de personalidad dramáticos, incluidas las características de personalidad narcisista y dependiente, un estilo de vida antisocial y su modus operandi se basa en su deseo de venganza contra las personas que creen responsables de sus problemas, incluyendo altos niveles de ira, impulsividad y violencia extrema. Debido a esto último, el asesinato puede darse, a pesar de que al principio, las circunstancias sexuales hayan sido consentidas. 

El oportunista tiene un perfil de personalidad también dramático, que incluye rasgos del trastorno de la personalidad narcisista y antisocial. No tendrían problemas en su vida, pero estarían sexualmente insatisfechos. Su modus operandi estaría caracterizado por su necesidad de gratificación sexual y la creencia de que las demás personas sólo existen para satisfacer sus necesidades. La agresión sexual suele ser un delito de oportunidad, por ejemplo, el delito principal puede haber sido un robo y luego ocurrió una agresión sexual como resultado de la disponibilidad de la víctima. 

¿Y con respecto a este tipo de delitos en niños? Estos mismos autores exponen su propio modelo en 2019, tras una revisión de la literatura existente, sobre 72 casos de homicidios sexuales cometidos en Francia. 

La primera de las categorías es la del asesino “intencional/prepúber” (20,9%), con víctimas mayoritariamente masculinas y de corta edad (9 años). Los delincuentes estarían familiarizados con el lugar del crimen y atacarían a sus víctimas dentro de una residencia. La mayoría de ellos penetraban y tocaban sexualmente a las víctimas y trasladaban el cuerpo tras la muerte. Este tipo de delincuente era el más propenso a consumir drogas o alcohol antes de cometer el homicidio. 

Por otro lado, está el tipo “involuntario/preadolescente” (11,1%), con víctimas mayoritariamente masculinas. Se dirigían a víctimas desconocidas (75%) y la mayoría eran asesinadas por estrangulamiento, pero no fueron penetradas sexualmente.

El grupo más común fue el “intencional/preadolescente” (22,2%). Las víctimas masculinas también fueron las predominantes. Estos delincuentes eran propensos a consumir drogas antes del delito. La penetración sexual siempre se realizaba y la humillación ocurría con frecuencia. Además, las víctimas también eran golpeadas con asiduidad. No intentaron ocultar el cuerpo y normalmente lo enterraban de forma parcial. 

El agresor “involuntario/preadolescente” (11,1%) fue uno de los menos comunes y se caracterizó por la exclusividad de mujeres víctimas, además de elegirlas por su corta edad (10 años o menos). En su mayoría, eran niñas desconocidas (75%). Se practicaba siempre la penetración sexual, rara vez movían el cuerpo de la víctima y no intentaban ocultarlo. 

El tipo “intencional/adolescente” (16,7%) se dirige a víctimas de aproximadamente 12 años de edad. Practicaban la penetración sexual y el estrangulamiento, movían el cuerpo de la víctima después del crimen, parecían evitar el contacto social con los demás y eran los más propensos a exhibir comportamientos sexuales sádicos en la escena. 

Finalmente, está el grupo “indiscriminado/adolescente” (18,1%) que se caracterizó por la criminalidad y antecedentes previos. La mayoría de víctimas eran mujeres de aproximadamente 14 años, normalmente desconocidas.

Este modelo propuesto es bastante bueno, ya que menciona la edad de las víctimas, los comportamientos en la escena del crimen, y brinda características aproximadas del delincuente que la policía podría utilizar en las primeras etapas de una investigación. Sin embargo, podría ampliarse para incluir más detalles sobre los antecedentes criminales anteriores o datos geográficos en relación con las víctimas y el criminal, lo cual reforzaría el modelo y lo convertiría en una herramienta de investigación mucho más útil. 

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Amigos del Club de Ciencias Forenses, esta semana presentamos el artículo “Bringing Light into the Dark: Associations of Fire Interest and Fire Setting With the Dark Tetrad”, de Wehner, C.; Ziegler, M.; Kirchhof, S. y Lämmle, L. (2022), en el que los autores realizan un estudio para saber si existe alguna relación entre los rasgos de la llamada Tétrada Oscura y la fascinación por el fuego o los incendios provocados. 

El fuego siempre ha jugado un papel importante en la humanidad, ya sea como fuente de calor y luz, como medio para cocinar, o como una fuente de entretenimiento. Sin embargo, casos trágicos como los incendios forestales, o el incendio de Notre Dame en 2019, traen a la conciencia pública el potencial destructivo que también posee el fuego. 

Ya sea deliberadamente o por accidente, un incendio descontrolado causa graves daños tanto a personas como a la propiedad. Los incendios causaron 3.655 muertes en Estados Unidos en el año 2018, y de ellos, 350 fueron consecuencia de incendios provocados. 

Debido a este potencial destructivo, es necesario explorar el comportamiento de provocar incendios e investigar qué factores llevan a un individuo a ese punto. 

La investigación ha identificado varias vulnerabilidades psicológicas que se califican como factores de riesgo potenciales. Uno de ellos es el interés o la fascinación por el fuego, además de por iniciarlo. 

Muchos estudios se han centrado en la importancia de integrar los hallazgos sobre trastornos de la personalidad y patologías mentales al asunto de los incendios. Una mejor comprensión de la relación entre los rasgos complejos y oscuros, y la provocación de incendios, puede informar sobre los esfuerzos que se deben tomar en materia de prevención, o incluso puede ayudar a desarrollar teorías sobre cómo se desarrolla una patología que deriva en este comportamiento. 

Se ha planteado la hipótesis de que dos rasgos asociados con el interés por el fuego y la provocación de incendios son la impulsividad y la búsqueda de emociones. Y el vínculo entre provocar incendios e impulsividad, en concreto, se ha demostrado empíricamente.

Dado que la psicopatía incluye la impulsividad como uno de sus aspectos centrales, los autores la consideran potencialmente relevante para la predicción de la provocación del fuego. 

Otras variables incluyen otros rasgos de la Tétrada Oscura. Ésta es más conocida como Tríada Oscura, pero algunos autores la denominan “Tétrada” añadiendo un factor más, en total: psicopatía, narcisismo, maquiavelismo y sadismo. 

Cuando pensamos en provocar incendios, lo primero en lo que pensamos es en la piromanía. Esta se clasifica por un gran interés por el fuego, pero también por experiencias en las que antes de provocar un fuego se siente tensión y excitación y tras el acto, un gran alivio. Debido a estos criterios, es complicado diagnosticar la piromanía, por lo que la gran mayoría de personas con este trastorno no lo saben y, lo que es peor, no lo tratan. 

Una teoría que incorporó el interés por el fuego como un factor importante para provocarlos, es la Teoría de Trayectorias Múltiples de Incendios (M-TTAF, por sus siglas en inglés). Describe cómo las vulnerabilidades psicológicas y otros factores, como los aspectos culturales o del desarrollo, así como el contexto situacional y el aprendizaje social, pueden provocar un incendio. Los autores sugirieron cuatro trayectorias posibles dentro de esta teoría: la antisocial, la del agravio, la del interés por el fuego y la de la necesidad de reconocimiento, existiendo una quinta, que sería la combinación de las otras cuatro. 

Para ello, los autores realizaron un estudio en el que participaron 222 personas y a las que se les realizaron una serie de cuestionarios relacionados con la fascinación por el fuego, la Tétrada Oscura y la M-TTAF. 

Se encontró que la psicopatía y el sadismo físico directo están significativamente correlacionados con el interés por el fuego y el entorno. El sadismo verbal directo se correlacionó positivamente, por un lado, también con el interés por el fuego, y por otro, con la provocación de éste. 

Estas dos últimas tendencias se correlacionaron positivamente, a su vez, con el M-TTAF que sugiere que el interés por el fuego es un factor importante para algunas personas, pero no para todas. Por ejemplo, alguien que sigue la trayectoria del agravio propuesta por el modelo, estaría más motivado por la venganza o la retribución cuando comete un incendio, que por el interés que tenga en el fuego en sí. 

El sadismo vicario se relacionó, por otro lado, con la satisfacción producida únicamente al ver el fuego de un incendio activo. 

Además, se vio una vez más la relación entre la impulsividad y la provocación de incendios. Y la psicopatía mostró la relación más fuerte entre los otros rasgos de la Tétrada Oscura. Como la impulsividad es una faceta clave de la psicopatía, parece lógico relacionar, con cautela, la provocación de incendios con la psicopatía.

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Amigos del Club de Ciencias Forenses, esta semana presentamos el artículo “Predicting rapist type based on crime-scene violence, interpersonal involvement, and criminal sophistication in U.S. stranger rape cases”, de Mellink, I. S. K.; Jeglic, E. L. y Bogaard, G. (2022), en el que las autoras realizan un estudio en el que investigan las particularidades de los casos de violadores en serie y violadores de una sola víctima, para saber cuáles son los elementos propios de cada caso y realizar un análisis comparativo que ayude en la perfilación criminal de casos similares.

La violencia sexual es un grave problema de salud pública en todo el mundo. Sólo en los Estados Unidos, una de cada seis mujeres ha sido víctima de un intento de violación o de una violación consumada a lo largo de su vida. Por lo tanto, parece una necesidad de gran urgencia comprender mejor a quienes cometen agresiones sexuales para aumentar las tasas de condena. 

Las pruebas físicas, como el ADN o las huellas dactilares encontradas en la escena del crimen, a menudo no se encuentran o, si se encuentran, pueden no ser concluyentes. Por ello, si establecemos un vínculo entre el delito y el delincuente utilizando otros medios, será valioso para la investigación, al reducir el grupo de posibles sospechosos. 

La elaboración de perfiles criminales es una de las muchas técnicas que ayudan en el proceso de investigación, de identificación, localización y arresto de delincuentes en general y en casos de violación en particular. 

En la perfilación criminal, se usan las características de la escena del crimen para inferir información que ayude a reducir la lista de sospechosos y a aprehender al victimario.

Al atender a los comportamientos observables de la escena del crimen, las fuerzas del orden pueden identificar pistas sobre el tipo de delincuente con el que están tratando, como la probabilidad de que el delincuente sea un violador en serie, o bien un violador de una sola víctima. 

¿Por qué este último punto es importante? Precisamente porque, si hay características de la escena del crimen que asocien el caso con que el victimario sea un violador en serie, esto podría indicarnos que ha cometido otros delitos similares, lo que, a su vez, puede dar a los investigadores la idea de buscar en sus bases de datos los antecedentes penales de los sospechosos y así, hacer una importante criba. 

Para comprender mejor a quienes cometen violaciones, los delincuentes pueden clasificarse en función de variables del comportamiento o de su modus operandi.

Desde el punto de vista de la mayoría de expertos, la violación se ve como un suceso en el que el delincuente trata su víctima de manera similar a cómo trataría a otras personas en un contexto no delictivo. 

Esto, sumado a otros hallazgos, sugiere que es posible vincular un delito y un delincuente por su comportamiento. Esta vinculación se basa en dos ideas: la consistencia y la variabilidad. La consistencia se refiere a que el comportamiento delictivo de un sujeto es consistente, lo que significa que una misma persona probablemente se comporte de manera similar en otros delitos. Y variabilidad se basa en que dos delincuentes no se comportarán exactamente de la misma manera, lo que permite distinguirlos. 

Los autores deciden centrarse en las diferencias que existen entre los violadores en serie y los violadores de una sola víctima y que se pueden extraer en base a su comportamiento en la escena del crimen. Hay una gran escasez de literatura empírica al respecto, pero un estudio de 1987 arroja algunas ideas interesantes, como que los violadores de una sola víctima tienen más probabilidades de ser conocidos por sus víctimas que los violadores en serie, y prefieren usar un enfoque seguro en lugar de un ataque rápido. Con los violadores en serie pasaría al contrario. 

En el presente estudio, los autores utilizaron los datos relativos a los casos de 3.168 internos de una prisión de Nueva Jersey, que cumplían condena en el momento de escribir el artículo por delitos sexuales. 

Encontraron que los violadores de una sola víctima y los violadores en serie pueden diferenciarse los unos de los otros, efectivamente, según su comportamiento; y además, los autores clasifican los casos según tres categorías: violencia, sofisticación criminal y comportamiento interpersonal. 

Los violadores de una sola víctima tienen más probabilidades de tener una escena del crimen con características violentas, y son más propensos a penetrar digitalmente y amenazar a sus víctimas. 

Por otro lado, los violadores en serie, tienen una escena del crimen más sofisticada desde el punto de vista criminal, por ejemplo, incapacitan a la víctima o usan un arma. Esto está en línea con investigaciones anteriores que muestran que los violadores en serie son más sofisticados en general. 

Los violadores en serie usan armas con mayor probabilidad, la cual tiende a ser una pistola o un cuchillo, y, además de incapacitar a su víctima con mayor frecuencia, como ya hemos mencionado, también suelen preparar a la víctima y guiarla o atraerla a algún lugar. También es menos probable que este tipo de violadores consuma drogas o alcohol durante el delito o inmediatamente antes de éste, para seguir siendo criminalmente sofisticados y evitar ser detectados, puesto que no les compensa arriesgar su éxito consumiendo estas sustancias. 

A pesar de obtener algunas ideas interesantes, los autores señalan la necesidad de continuar investigando sobre el proceso criminológico completo de la violación, desde la víctima al victimario, y lo que se relaciona con la escena del crimen, ya que sólo conociendo y entendiendo estos datos seremos capaces de mejorar la prevención.

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Amigos del Club de Ciencias Forenses, esta semana presentamos el artículo “From verbal account to written evidence: do written statements generated by officers accurately represent what witnesses say?”, de Milne, R.; Nunan, J.; Hope, L.; Hodgkins, J. y Clarke, C. (2022), en el que los autores realizan un estudio para saber cuál es la exactitud de los agentes de los cuerpos de seguridad a la hora de transcribir los testimonios de las víctimas y testigos. 

Los testigos son fundamentales para la mayoría de casos penales, de hecho, hay muchos expertos que consideran que son los que proporcionan las evidencias con más peso en los juicios

En consecuencia, se le ha prestado mucha atención a lo largo de la historia de la psicología del testimonio, al desarrollo de técnicas que ayuden a obtener información confiable, relevante y detallada de los testigos durante sus entrevistas. 

Tradicionalmente, los testigos proporcionan sus relatos en dos momentos distintos del proceso de justicia penal: primero, cuando son entrevistados durante la investigación, y luego cuando prestan declaración durante el juicio.

La declaración escrita que se produce cuando el entrevistador asimila la información proporcionada por el testigo en ese primer momento, es un elemento clave para la investigación que debe ser una representación precisa de lo que el testigo informa. 

El sistema de justicia penal confía precisamente en la precisión de este documento para evitar decisiones judiciales mal informadas.

La producción de declaraciones escritas a menudo se lleva a cabo al mismo tiempo que se entrevista al testigo, sin embargo, esto depende de las circunstancias. Por ejemplo, el tipo de delito y su gravedad, la capacitación o las preferencias del agente, entre otras. 

Hasta la fecha, la investigación en psicología se ha centrado en mejorar la comprensión de cómo el proceso de la entrevista puede afectar a la memoria del testigo, y qué técnicas se pueden utilizar para mejorar la calidad y la cantidad de información obtenida. 

Actualmente, hay algunas pautas que se siguen, en general, para un desarrollo correcto de la entrevista. Por ejemplo, se intenta fomentar el recuerdo libre, las preguntas abiertas, y limitar las preguntas cerradas al final de la entrevista. Todo esto, mientras se toma nota a mano u ordenador, o se registra, por ejemplo, mediante grabación de audio o vídeo.

En la práctica, un método frecuente de registrar la interacción entre el testigo y el agente se basa en la propia memoria del entrevistador sobre lo que dijo el testigo, y, por lo general, no hay un registro real de las preguntas utilizadas por el entrevistador para obtener el relato, así como tampoco parece ser que haya un registro completamente fiel a lo que dice el entrevistado. 

Algunos expertos, de hecho, han argumentado que las declaraciones escritas son tratadas erróneamente por el sistema de justicia penal como un registro textual de la entrevista, cuando no lo son. 

En un experimento en 1994, se examinó el proceso de toma de declaración y se encontró que las declaraciones escritas por el entrevistador inmediatamente después de la entrevista, contenían sólo ⅔ de la información reportada por el testigo.

En 2011, otro estudio similar, reveló que el 68% de la información proporcionada por el testigo se omitió, y de éste porcentaje, el 40% era información relevante para el delito. 

Este tipo de errores de omisión pueden deberse a la carga cognitiva inherente a la multitud de tareas que constituyen el proceso de toma de declaración, como escuchar de forma activa, formular preguntas previa elección, asimilar la información reportada y, finalmente, tomar notas. 

Usando casos extraídos de distintas fuerzas de seguridad de Reino Unido, la investigación del artículo se centró en examinar la consistencia entre la información de las entrevistas y la declaración escrita resultante. Se pidió a los agentes que grabaran sus entrevistas en vídeo y se recopilaron un total de 15 para el estudio. 

Se formaron una serie de categorías a las que se iba a prestar atención: los detalles consistentes mencionados por el testigo e incluidos en la declaración, las omisiones, las distorsiones, las contradicciones y las intrusiones de información no mencionada. 

Dos sujetos realizarían dos declaraciones escritas de la entrevista, que se compararon más tarde con ella. 

Las 15 declaraciones finales contenían errores. Su contenido divergía del relato verbal original proporcionado por el testigo de varias formas.

El tipo de error más común fueron los errores de omisión, que oscilaron entre el 4,76% y el 51,81%. Después, aparecieron las distorsiones, entre el 1,85% y el 19,28%. Tres declaraciones contenían información contradictoria y sólo dos declaraciones no incluyeron ningún error. 

En esta muestra, por tanto, el producto probatorio (la declaración escrita) nunca fue una réplica exacta de lo que dijo realmente el testigo, salvo en los dos casos mencionados. De hecho, en algunos casos hubo discrepancias considerables entre el relato verbal y el registro escrito, lo cual es peor. 

Esto puede ser, como ya hemos mencionado previamente, por la demanda cognitiva que se asocia a la entrevista. Además, la investigación que examina la memoria para la conversación, ha encontrado que solemos funcionar quedándonos con lo esencial de un discurso, y no con cada palabra. 

Lo que los autores recomiendan para paliar estas carencias es, siempre que sea posible, aprovechar los medios tecnológicos para grabar la declaración, tanto en audio, como en audio y vídeo, y más cuando estamos ante un delito con una víctima especialmente sensible o de una gravedad importante. 

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Amigos del Club de Ciencias Forenses, esta semana presentamos el artículo “Anti-Asian American Hate Crimes Spike During the Early Stages of the Covid-19 Pandemic”, de Han, S.; Riddell, J. R. y Piquero, A. R. (2022), en el que los autores realizan un estudio con informes de la policía de varias ciudades estadounidenses para saber cómo la pandemia de Covid-19 ha afectado a los crímenes de odio que se cometen contra personas de origen asiático en América del Norte. 

Los delitos de odio son una forma distinta y especial de violencia y agresión dirigida a un determinado grupo de personas por su religión, su raza, su género… 

Los académicos han propuesto muchas razones para explicar por qué ocurren. Por ejemplo, algunos argumentan que los eventos críticos de importancia local, nacional o global, podrían afectar a la frecuencia, gravedad y grupo demográfico objetivo de los delitos de odio. Tradicionalmente, se cree que los ataques terroristas, las recesiones económicas, entre otros acontecimientos, contribuyen al aumento de los delitos motivados por el odio. 

Normalmente se dan porque existen una serie de prejuicios hacia un colectivo, que es discriminado, obteniendo entonces una diferenciación de la sociedad en dos grupos: los internos y los externos. 

Los casos recientes de crímenes de odio en Estados Unidos han generado inquietudes sobre el riesgo de victimización de ciertos grupos, como los estadounidenses de origen asiático. 

En marzo de 2020 varios miembros de una familia asiático-estadounidense fueron apuñalados por un hombre porque creía que estaban infectando a las personas con coronavirus. En otro suceso, una mujer de 65 años fue golpeada mientras recibía insultos raciales, en marzo de 2021. 

El inicio de la pandemia de Covid-19 estuvo marcado por acusaciones hacia las personas asiáticas, incluso se llamó a la enfermedad “el virus chino”. 

Los expertos consideran que estas circunstancias favorecieron el aumento de los crímenes de odio y las agresiones a las personas de origen asiático. Además, en Estados Unidos se ha tenido la visión de los asiáticos como extraños permanentes en la sociedad desde hace varias décadas, lo cual podría amplificar las actitudes discriminatorias.

Según el Anti-Asian Hate Crime Report de 2021, los delitos de odio contra la población asiática en Estados Unidos aumentaron, en 2020, un 145% en las 16 ciudades más grandes del país, en comparación con 2019. Además, una encuesta sobre Covid-19 reveló que más del 30% de los encuestados habían visto a alguien culpando a la población asiática por la propagación de la enfermedad. 

En este estudio se examina si el reciente aumento de los delitos de odio contra este grupo poblacional en concreto estuvo relacionado con el inicio de la pandemia de Covid-19 y las medidas que se debieron tomar para paliar los efectos de la enfermedad (quedarse en casa, utilizar mascarillas, etcétera). 

Los datos de este estudio se obtuvieron de la información sobre delitos de odio de varios departamentos de policía de San Francisco, Seattle y Washington D.C., desde enero de 2019 hasta marzo de 2021. 

Se obtuvieron dos hallazgos notables. En primer lugar, tres de cada cuatro ciudades de la muestra experimentaron un aumento dramático en los delitos de odio contra los estadounidenses de origen asiático, mientras que, los delitos de odio en general, tendieron a disminuir. 

Un análisis empírico adicional también reveló que los delitos motivados por el odio contra los estadounidenses de origen asiático aumentaron después de marzo de 2020 cuando las etiquetas como “virus chino” se utilizaron en público por parte de funcionarios políticos. 

Además de la cultura discriminatoria predominante, se considera que las etiquetas que culpan a los estadounidenses de origen asiático por las medidas que se tomaron para frenar los efectos negativos de la Covid-19, contribuyeron a aumentar la violencia hacia ellos. 

También es importante tener en cuenta que el aumento de los delitos de odio contra este grupo de personas no se mantuvo a lo largo del tiempo, sino que fue disminuyendo tras el punto álgido de la pandemia. 

Lo cierto es que los delitos de odio suelen tener una larga historia, y es probable que los eventos significativos desencadenen etiquetas de culpa hacia un determinado grupo de personas. Para abordar los efectos adversos, los expertos en el área y las fuerzas de seguridad deben continuar estudiando los efectos de la pandemia en el bienestar de las personas. 

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Amigos del Club de Ciencias Forenses, esta semana presentamos el artículo “Different places, different problems: profiles of crime and disorder at residential parcels”, de O’Brien, D. T.; Ristea, A.; Hangen, F. y Tucker, R. (2022), en el que los autores realizan un estudio para conocer cómo varía el crimen en función del lugar de la ciudad en que nos encontremos. 

En los últimos años se ha observado un interés creciente por el estudio de las zonas problemáticas de las ciudades, ya que se considera que tienen concentraciones muy altas de crimen y desorden social. 

Los trabajos hasta la fecha han revelado que existen diferencias importantes en las diferentes zonas: cómo es la delincuencia, cómo es la desorganización que existe en ellas… pero no se ha profundizado en el tema. 

Con las investigaciones más recientes se ha visto que existen muchas variaciones de desorden y criminalidad en función del barrio; por ejemplo, hay algunos con desorden social, pero sin desorden físico, y así sucesivamente. Comprender esta diversidad sería algo muy importante de cada a preparar mejor las intervenciones para mitigar las consecuencias negativas del asunto. 

En el estudio actual, se estudian parcelas distintas zonas de Boston. El primer objetivo es saber si todas exhiben el crimen y el desorden de manera similar o si se diferencian en múltiples perfiles. Por otro lado, los autores pretenden conseguir, con la tipología que se obtenga, cómo coexisten, y hasta qué punto lo hacen, los diferentes tipos de crimen y desorden. 

Una idea que mencionan los autores es que, como norma general, se le suele prestar mucha más atención a los lugares con un alto índice de delincuencia, que irónicamente, representan una proporción muy pequeña en las comunidades. 

Esto es algo que la criminología especializada en el tema ya ha mencionado en los estudios más recientes. Explica que entre el 4 y el 6% de las calles problemáticas de una ciudad, representan más del 50% de los delitos que suceden en ésta, independientemente del tipo de la ciudad o su tamaño. 

También se ha demostrado que las concentraciones de delincuencia en una calle determinada tienden a persistir en el tiempo, y cuando aumenta o decrece la delincuencia en estas calles, suele ser un indicador de tendencias de delincuencia en toda la ciudad. 

Por otro lado, según la literatura previa, parece ser que las parcelas de propiedades que experimentan muchos robos, mantienen esta tendencia a lo largo del tiempo. 

Es interesante mencionar la teoría del patrón delictivo, que argumenta que las actividades y las personas asociadas con un lugar en particular, determinan la frecuencia y la manera en que los delincuentes, las víctimas y el contexto interactúan entre sí. Esto, a su vez, da forma a la probabilidad y naturaleza del crimen y el desorden del lugar. 

Así, la prevención del crimen situacional enfatiza la necesidad de apostar por pequeñas modificaciones en estos lugares que alteren su estructura de oportunidades. Por ejemplo, proporcionar mejores líneas de visión a los encargados de la seguridad de la zona, o designar el papel de “administrador del lugar”, a dueños de propiedades de la zona. 

El estudio actual analiza la distribución de varios tipos de delincuencia y desorden en una serie de parcelas residenciales de Boston, Massachusetts (EEUU). Para ello, se utilizaron registros del número telefónico de emergencias, 911. Un total de 81.673 parcelas fueron estudiadas. 

El análisis identificó varios perfiles de desorden y delincuencia en las zonas analizadas: cuatro de los más importantes fueron la denigración pública, la negligencia privada, los conflictos privados y los eventos relacionados con armas. También se identificó la existencia de los llamados “centros violentos” que concentran muchos tipos de problemas. Estos últimos estaban aislados, casi por completo, de otros barrios conflictivos. 

Los autores comentan, como dato interesante, que los perfiles de delincuencia y desorden de cada parcela tendieron a especializarse en un solo tipo de problema, con la excepción de los centros violentos que combinaban varios problemas (pero sólo supusieron el 0,2% del total). 

Esta tendencia se puede entender en términos de actividades rutinarias y teorías relacionadas. Cada lugar se caracteriza por las personas que lo frecuentan, su propensión a delinquir, los factores contextuales del lugar… Esto hace que la especialización sea más llamativa, ya que podría ser que algo sobre los individuos involucrados, o algo en sus dinámicas, los haga propensos a experimentar un problema o a vivir unas experiencias que los hagan más vulnerables a un tipo de delincuencia. 

Los hallazgos son importantes porque manifiestan la necesidad de tomar acciones que estén hechas a la medida de los barrios donde se van a aplicar, para que su efectividad sea la esperada, y las herramientas utilizadas estén especializadas y matizadas para perfeccionar las intervenciones. 

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Amigos del Club de Ciencias Forenses, esta semana presentamos el artículo “Testing an Evaluation Tool to Facilitate Police Officers’ Peer Review of Child Interview”, de Danby, M. C.; Sharman, S. J. y Guadagno, B. (2022), en el que las autoras proponen un nuevo enfoque para facilitar la buena praxis en los interrogatorios a niños que presuntamente han sido víctimas de abusos sexuales. 

Cuando aparece un caso de abuso infantil, uno de los primeros pasos que toma la policía es realizar una entrevista con el niño

Dado que las evidencias físicas a menudo no existen en los casos de abuso infantil (porque, por ejemplo, es algo que sucedió hace tiempo), la capacidad de los entrevistadores de la policía para obtener información detallada y precisa del menor puede ser vital para los resultados de la investigación. 

Durante las últimas décadas, muchos estudios se han centrado en examinar las técnicas de entrevista para obtener los informes de los niños, y, como resultado, hoy en día existen una buena cantidad de pautas basadas en la evidencia para mejorar las entrevistas y facilitar que los niños proporcionen información completa, precisa y sin influenciar. 

Existe un cierto consenso sobre los elementos clave que constituyen las buenas prácticas de las entrevistas, las cuales, generalmente, se estructuran en fases separadas. 

Tenemos, en primer lugar, la fase de apertura, donde los entrevistadores se presentan al niño y construyen una relación con él, le explican la necesidad de decir la verdad y le comentan cómo funcionará la entrevista. 

Después, se avanza hasta la fase de transición, donde se va cambiando la conversación a temas sustantivos. Esto debe ocurrir de forma no dirigida y los entrevistadores deben evitar introducir detalles sobre el presunto abuso. 

Una vez que se establece el tema de preocupación, los entrevistadores comienzan con la fase sustantiva, en la que se explora a fondo el presunto abuso, usándose preguntas abiertas para que el niño narre libremente lo ocurrido. 

A pesar del acuerdo de los expertos sobre los elementos centrales de las buenas prácticas de las entrevistas, los entrevistadores tienen dificultades para adherirse a ellas a la hora de la verdad. A veces hacen preguntas polémicas o dirigidas para sacar el tema de abuso en la conversación, hacen preguntas inductivas en lugar de abiertas, fallan en aislar y etiquetar lo suficiente los incidentes de presuntos abusos… 

Por ello, se recomiendan cursos y formación específica para aquellos que deben enfrentarse en su vida laboral a este tipo de situaciones, para que se manejen y adecúen lo mejor posible a las buenas prácticas recomendadas.

Una estrategia que ayuda a mejorar y mantener el uso de preguntas abiertas por parte de los entrevistadores después de las capacitaciones, es brindarles retroalimentación continua por parte de expertos. Sin embargo, es una tarea intensa que requiere mucho tiempo.

Una alternativa más factible es la retroalimentación de los pares, que estará más disponible para los entrevistadores con más frecuencia que la retroalimentación de expertos y superiores, y no supone un gran desafío para la carga de trabajo, ya que un segundo entrevistador suele estar presente durante este tipo de entrevistas. El problema, es que los pares a menudo no tienen tanto conocimiento como los expertos. 

En el estudio actual, el objetivo fue probar la precisión de los entrevistadores forenses al evaluar las transcripciones simuladas de una entrevista infantil. Para ello, realizaron dos estudios. El primero, con 56 policías de una jurisdicción; el segundo, con 37 policías de otra jurisdicción diferente. 

Todos completaron un programa de capacitación, de 10 días de duración, en entrevistas forenses infantiles de forma reciente. 

A los participantes se les proporcionó una transcripción de una entrevista forense infantil, y se les pidió que clasificaran cada pregunta planteada en la fase sustantiva (pregunta abierta, facilitadora, principal, con profundidad…). También se les proporcionaron una serie de pautas de buenas prácticas que ellos debían comparar con la transcripción. 

En el caso del primer experimento, los participantes fueron menos precisos al evaluar las transcripciones que mostraban una adherencia mixta a las buenas prácticas. Algunos estudios previos mencionan cómo las transcripciones mixtas son especialmente difíciles de evaluar. En la revisión de la fase de transición también hubo menor precisión de la esperada.

Los participantes del segundo estudio también fueron menos precisos al revisar las fases inicial y sustantiva, mostrando una adhesión mixta a las mejores prácticas. 

Una razón por la que los participantes pueden haber obtenido los resultados, según proponen los autores, es la naturaleza rígida de la lista de verificación que se utiliza en muchas ocasiones como herramienta de evaluación. Esta lista obligó a los participantes a seleccionar respuestas dicotómicas, y es posible que, en la realidad, no sea tan sencillo como elegir entre blanco o negro. 

Los autores proponen, por tanto, que la investigación debe centrarse en desarrollar y probar herramientas que sean más flexibles que una lista de verificación dicotómica. 

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Amigos del Club de Ciencias Forenses, esta semana presentamos el artículo “Mechanisms for protecting children’s rights and the role of psychological services in the juvenile justice system of Russia against the background of international practices”, de Orsayeva, R.; Vasyaev, A. y Shestak, V. (2022), en el que los autores realizan un análisis crítico de la situación actual del sistema penal y procesal penal en Rusia aplicado a menores de edad.

La protección de los derechos del niño sigue siendo uno de los desafíos más graves a los que se enfrentan las sociedades modernas. A pesar de los esfuerzos de las autoridades y la sociedad para mejorar la protección de la infancia, no se han resuelto las estrategias dirigidas a algunos temas, como las intervenciones de los jóvenes en el sistema penal o la prevención para que éstos no sufran violencia y abandono por parte de sus familias. 

La Convención de las Naciones Unidas sobre los Derechos del Niño ha sido ratificada por todos los países europeos y ha ayudado a fortalecer la cultura de la protección del niño. Sin embargo, los resultados obtenidos no son los esperados. 

Además, en la justicia juvenil, las violaciones de los derechos del niño son omnipresentes, y parece ser que en la última década ha habido una regresión en lugar de avances o estancamientos. Esto puede explicarse porque, quizá, la sociedad no sabe con exactitud cómo los derechos del niño pueden contribuir a una mejora del sistema judicial juvenil.

En cuanto a la protección de los derechos del niño y el sistema de justicia juvenil en Rusia, existe un problema de discrepancia entre los derechos declarados por ley y los derechos que se aplican de forma efectiva.

Un tema aparte es el factor de las características y problemas psicológicos de los adolescentes en el sistema de justicia. En los últimos 10 años, sólo en EEUU, el porcentaje de jóvenes que habían tenido contacto con el sistema penal y que, además, poseían problemas de salud mental, ascendía al 70%. 

El objetivo de este estudio es analizar el estado y la eficacia de los mecanismos de protección de los derechos del niño en Rusia, para comparar con las leyes de otros estados, haciendo lo mismo con el sistema de justicia juvenil. También se revisa brevemente la problemática de la salud mental en los jóvenes que entran en contacto con este sistema. 

En el ámbito legal, hay muchas discusiones sobre los aspectos negativos de la justicia juvenil y su implementación en Rusia. 

El principal aspecto negativo es el control estatal final sobre la familia. Los trabajadores de justicia juvenil están autorizados para alejar al niño de su familia cuando los padres son acusados de abuso, incapacidad de proporcionar una nutrición adecuada, tienen una situación financiera inadecuada, entre otros. 

Por lo tanto, la sociedad está asustada por el hecho de que las familias pueden verse privadas de sus hijos, ya que hay una gran cantidad de ellas que viven en situación de pobreza. 

Sin embargo, estos temores son exagerados. El objetivo de la justicia juvenil simplemente busca ser una garantía de los derechos básicos del niño y sólo se tomarán medidas cuando haya pruebas de esas acusaciones

Además, en Rusia, el sistema de justicia juvenil se basa en las opiniones subjetivas de los representantes de sus órganos, por tanto, en un número significativo de casos, los tribunales no satisfacen las solicitudes de internamiento en un centro de detención juvenil. Además, no hay una evaluación psicológica profesional en el tribunal, y bien es sabido que, en base a éstas, se planifican y organizan medidas sociales y psicológicas encaminadas a maximizar el éxito del desarrollo del menor. 

Con respecto al problema de la salud mental, numerosos estudios confirman que una proporción significativa de jóvenes del sistema de justicia juvenil sufren de un trastorno mental diagnosticable. Según los datos disponibles en Rusia, entre los delincuentes adolescentes, el número de personas con trastornos mentales es de mínimo el 50% de los casos. 

Los autores proponen que la prioridad del sistema debe ser dedicar recursos a los programas sociales destinados a la prevención de la delincuencia juvenil, además de proporcionar oportunidades a quienes son propensos a delinquir. Es de suma importancia apoyar tanto a la policía y las demás autoridades, como a los programas dirigidos a personas en riesgo. 

El personal escolar, los servicios sociales, las organizaciones sin ánimo de lucro y la sociedad, están obligados a hacer un gran esfuerzo. 

Es mediante el ejercicio de todos los poderes que se podrá mantener la integridad del sistema de justicia juvenil mientras se brindan alternativas apropiadas a los menores que no pueden o no quieren obtener asistencia. 

Además, para terminar de desarrollar una justicia justa, los autores creen que Rusia debe ir más allá del concepto legal de justicia, y cambiar a uno que pueda combatir las desigualdades de cualquier tipo, ya sean de naturaleza criminal o social. Esto sería particularmente importante en el contexto de la juventud, ya que se ven afectados por políticas injustas, según comentan los autores. Este sería el enfoque de justicia social que consideran puede señalar el camino a seguir. 

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Amigos del Club de Ciencias Forenses, esta semana presentamos el artículo “Crimes and sentences in individuals with intellectual disability in a forensic psychiatric context: a register-based study”, de Edberg, H.; Chen, Q.; Andiné, P.; Larsson, H. y Hirvikoski, T. (2022), en el que los autores realizan un estudio para conocer cuáles son los delitos cometidos por personas con discapacidad intelectual y su comparación con los cometidos por personas con un desarrollo intelectual típico.

Las personas con discapacidad intelectual que cometen delitos tienen un estatus judicial, unas características y unas necesidades que preocupan en la mayoría de países desarrollados. 

Estas personas constituyen un grupo importante, pero, aún así, pequeño y no bien reconocido. La prevalencia de la discapacidad intelectual (de ahora en adelante, DI) diagnosticada en la población general es de aproximadamente un 1%, y aquellos que cometen delitos penales constituyen un pequeño número de ese porcentaje. 

Si las personas con DI tienen o no un riesgo mayor de cometer delitos, es algo que no está claro según la literatura actual. Hay expertos que apoyan la idea y otros que la descartan, ya que no se ha podido confirmar.

En los últimos años se han propuesto varios patrones en cuanto a la tipología de los delitos cometidos por personas con DI. Varios estudios han señalado un mayor riesgo de conductas sexualmente inapropiadas y, por tanto, de ofensas sexuales. 

Esta generalización, sin embargo, debe estudiarse, ya que las muestras utilizadas para estos estudios han sido pequeñas y las definiciones propuestas de la discapacidad intelectual, inconsistentes. 

La mayoría de países desarrollados tienen una legislación penal en la que los infractores no serán responsables de sus crímenes si sufren algún tipo de patología mental, y cumplen ciertas condiciones. Se consideran, por ejemplo, incapaces de comparecer en el juicio, o no culpables por demencia. 

Satisfacer las necesidades especiales de estas personas, proporcionarles una rehabilitación adecuada y combinar ésto con la seguridad pública, es una tarea complicada para la que se necesita una pluralidad de opciones. Los autores sostienen que ni las órdenes penitenciarias ni las hospitalarias son ideales. Las sanciones y medidas comunitarias, definidas como sentencias no carcelarias, como, por ejemplo, la libertad condicional, han aumentado continuamente en los países europeos. Sin embargo, la prevalencia de personas con DI en los sistemas penitenciarios se encuentra aproximadamente en un 2-10%. 

Suecia (el país contexto de este estudio) considera que los delincuentes con trastornos mentales graves pueden ser considerados responsables de sus acciones. Sin embargo, el tribunal puede imponer una evaluación psiquiátrica forense previa al juicio para decidir si un delincuente sufre un trastorno mental severo, y así sentenciarlo a recibir atención psiquiátrica forense en lugar de ir a prisión. 

El objetivo principal de este estudio fue estudiar la tipología de delitos en personas con DI y sin DI que estaban sujetas a una evaluación psiquiátrica forense previa al juicio, en el contexto sueco. 

El estudio fue observacional y basado en registros de todas las personas sujetas a evaluación psiquiátrica forense en Suecia desde el 1 de enero de 1997 hasta el 30 de mayo de 2013. La población del estudio final fue de 7.450 individuos. 

Los delitos se clasificaron en cuatro categorías: delitos sexuales, delitos violentos, delitos violentos no sexuales y delitos no violentos no sexuales. 

Los delitos sexuales incluían la violación, la coerción sexual, el abuso de menores, el exhibicionismo, el acoso sexual, la pornografía infantil, entre otros. 

Los delitos violentos incluían homicidios, asaltos, robos, incendios provocados, amenazas ilegales o intimidación…. 

Los delitos violentos no sexuales excluyeron todos los delitos sexuales de la categoría de delitos violentos.

Por último, en los delitos no violentos no sexuales se incluyeron todos los que no entraban dentro de las categorías anteriores. 

Los resultados indicaron que los delitos sexuales fueron más comunes entre las personas con DI que sin DI. El 26% de los delincuentes con DI había cometido un delito sexual, en comparación con el 15% en el grupo sin DI. Los delitos violentos fueron igualmente frecuentes entre ambos grupos.

Se han propuesto varias explicaciones posibles a estos datos. Por ejemplo, la falta de conocimiento y educación sexual. Se ha demostrado que las personas con DI tienen niveles más bajos de conocimiento sexual que sus pares sin DI, planteando el tema de la educación sexual como medida preventiva de este tipo de delincuencia. 

Por otro lado, aparece la hipótesis del modelado como resultado de un abuso sexual previo. Surge de la idea de que la victimización previa es una circunstancia común entre los agresores sexuales y, además, las personas con DI tienen mayor riesgo de ser víctimas de este tipo de delitos. 

También aparece la falta de integración social, estrechamente relacionada con la idea de que los delincuentes sexuales en general, pueden carecer de una identidad prosocial. 

Los autores proponen invertir recursos y tiempo en programas de tratamiento estructurados y especializados para estas personas, además de investigar sobre las formas de rehabilitación y habilitación de la atención psiquiátrica forense que reciben. 

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