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Amigos del Club de Ciencias Forenses, esta semana presentamos el artículo “Psycholinguistic and socioemotional characteristics of young offenders: do language abilities and gender matter?”, de Winstanley, M.; Webb, R. T. y Conti-Ramsden, G. (2022), en el que los autores realizan un estudio para saber cómo la falta de habilidades lingüísticas puede estar relacionada con un aumento de la tendencia a delinquir en los jóvenes.

La delincuencia juvenil es un problema grave, costoso para la sociedad, que además genera miedo en los ciudadanos. Por ello, es necesaria una consideración cuidadosa del tema, y la comprensión de los factores que se relacionan con la tendencia a delinquir, incluidas las características psicolingüísticas y socioemocionales de los jóvenes que se involucran en la delincuencia.

El lenguaje en concreto, proporciona un enfoque para identificar grupos con dificultades en los perfiles de jóvenes infractores, tanto si son diagnosticados con trastornos del desarrollo del lenguaje, como si no. 

Este conocimiento puede informar tanto a la política como a la práctica de la planificación y la estrategia de la rehabilitación.

El trastorno del desarrollo del lenguaje se refiere a problemas significativos y persistentes para comprender y/o usar el lenguaje hablado. Estos problemas en ningún caso pueden estar asociados a otras dificultades, como una discapacidad auditiva o un trastorno del espectro autista.

La evidencia reciente ha destacado una asociación entre la delincuencia y el trastorno del desarrollo del lenguaje que persiste incluso después de controlar posibles factores de confusión como la posición socioeconómica y/o los años de escolaridad. 

En la escasa literatura previa sobre el tema, los déficits que muestran los delincuentes juveniles en las tareas basadas en el uso del lenguaje, se han valorado desde distintos puntos de vista: se ha tenido en cuenta la forma, el contenido, o el uso del lenguaje desde la palabra hasta el nivel de la oración y el discurso. En consecuencia, se ha demostrado que aproximadamente el 50% de los delincuentes juveniles tienen deficiencias del lenguaje que justificarían un diagnóstico de trastorno del desarrollo del lenguaje, sin haber sido reconocidas previamente. 

Los autores arrojan la idea de que los jóvenes con más antecedentes por delinquir pueden tener más probabilidades de exhibir  un trastorno del desarrollo del lenguaje debido a una eficacia reducida en los métodos de rehabilitación utilizados. 

En este estudio, los autores determinan las habilidades lingüísticas de un grupo de jóvenes que delinquían por primera vez, examinando también las habilidades no verbales. 

Por otro lado, es interesante señalar que las dificultades con la lectura se han relacionado con problemas de comportamiento en la infancia, que tienen que ver tanto con el dominio de la conducta como con la hiperactividad. 

En un estudio del año 2000 se encontró que los delincuentes jóvenes encuestados tenían un nivel de lectura 11,3 años por debajo de su edad cronológica. Además, la comprensión lectora se ha señalado como un predictor de la reincidencia en grupos de jóvenes de entre 16 y 19 años, ya que un bajo nivel de alfabetización puede limitar la capacidad de una persona para acceder a documentación formal de justicia.

Por otro lado, los problemas de conducta en la infancia se han asociado con la delincuencia adulta. 

Además, la literatura relacionada con la prevalencia del trastorno del desarrollo del lenguaje en niños que exhiben problemas de conducta, plantea inquietudes con respecto a la derivación de niños a servicios de rehabilitación que prestan poca atención a las habilidades lingüísticas. 

Los autores creyeron conveniente incluir en su estudio la variable del género, ya que como, por norma general, hay menos mujeres jóvenes que varones en el sistema de justicia, se tendían a realizar análisis con ambos grupos en conjunto. 

La muestra incluyó a 145 jóvenes, 112 varones y 33 mujeres. Los participantes fueron evaluados en 1 ó 2 sesiones de 1 hora a las que se animó a participar a los padres y al personal del equipo. Se obtuvieron medidas psicolingüísticas, socioemocionales y de contexto, a través de test y escalas con validez científica. 

87 de los delincuentes juveniles que participaron en el estudio cumplieron con los criterios para el diagnóstico de un trastorno del desarrollo del lenguaje. Fue igual de frecuente en hombres (58%) que en mujeres (67%). 

La mayoría de los participantes con trastorno del desarrollo del lenguaje, independientemente de su género, revelaron graves dificultades lingüísticas, y sólo 2 informaron haber accedido previamente a servicios relacionados con terapia del lenguaje. Esta falta de identificación de las necesidades lingüísticas es motivo de preocupación, especialmente cuando se considera que existen oportunidades potenciales para que su tratamiento funcione como un factor de protección frente a la delincuencia.

Tampoco hubo diferencias significativas de género en los perfiles psicolingüísticos y socioemocionales de los delincuentes juveniles masculinos y las delincuentes femeninas, salvo niveles más altos de dificultad emocional general en las mujeres. 

Se debe destacar que la mayoría de los participantes comentó que les resultaba muy difícil leer, y de hecho, 19 de ellos abandonaron las tareas de comprensión lectora por no poder responder correctamente. 

Lo que nos revelan estos datos es, en definitiva, que los jóvenes delincuentes con trastorno del desarrollo del lenguaje están en mayor desventaja que aquellos que no lo tienen

Los autores señalan la necesidad de una evaluación del lenguaje y la identificación del trastorno del desarrollo de éste, como una parte crucial de los servicios de justicia penal y una prioridad potencial que puede ser útil en la intervención con delincuentes juveniles. 

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Amigos del Club de Ciencias Forenses, esta semana presentamos el artículo “Relationships Between Offenders’ Crime Locations and Different Prior Activity Locations as Recorded in Police Data”, de Curtis-Ham, S.; Bernasco, W.; Medvedev, O. N. y Polaschek, D. L. L. (2022), en el que los autores realizan un exhaustivo estudio para conocer más acerca de los patrones de elección geográfica de los criminales, para saber si existe relación entre éstos y la rutina de los delincuentes. 

Sabemos, gracias a la teoría de la actividad rutinaria y a la teoría del patrón delictivo, que los delitos ocurren cuando la oportunidad (es decir, la presencia de un objetivo adecuado y disponible) se superpone con los lugares conocidos de los delincuentes a través de sus actividades rutinarias no delictivas, como el lugar donde viven, trabajan o socializan con familiares o amigos.

El desarrollo teórico reciente sugiere que algunos tipos de lugares de actividad son más destacados que otros para las elecciones de ubicación del crimen de los delincuentes. Comprender cuál es más probable que elijan para cometer sus delitos tiene implicaciones muy importantes para la prevención y la investigación de éstos. Puede ayudar a identificar las ubicaciones de alto riesgo e informar de las estrategias más adecuadas para la gestión de los riesgos. También puede ayudar en la elaboración de perfiles geográficos para la investigación del crimen. 

Pero, a pesar de la importancia práctica de poder predecir, a nivel individual, dónde cometerá un delito una persona, hay poca investigación que explore de forma empírica la medida en que los diversos tipos de lugares de actividad se diferencian unos de otros en su influencia sobre el crimen. 

Los estudios hasta la fecha sólo han comparado un subconjunto limitado de ubicaciones (por ejemplo, el hogar del delincuente, hogares de miembros de su familia, o ubicaciones de delitos anteriores). Este estudio aprovecha un gran conjunto de datos nacionales de ubicaciones muy dispares, pertenecientes a actividades de los delincuentes, previas al delito y registradas en una base de datos policial, en un contexto no investigado con anterioridad (Nueva Zelanda). 

Basándose en la psicología ambiental, la teoría del patrón delictivo enfatiza el papel de las actividades rutinarias de las personas en la generación de conciencia sobre las oportunidades delictivas. 

En primer lugar, los delincuentes podrían identificar oportunidades delictivas con mayor facilidad y frecuencia cerca de sus lugares de actividad, llamados nodos. Los estudios cualitativos han confirmado que el hogar, el trabajo y otros lugares de actividad no delictiva tienen el potencial de generar conciencia sobre la oportunidad del delito. Estudios cuantitativos recientes han estimado la mayor probabilidad de que los delincuentes cometan delitos cerca de sus hogares, los hogares de parientes cercanos y las ubicaciones de delitos anteriores, en comparación con otros lugares.

Por otro lado, el papel de las actividades rutinarias en la generación de conciencia sobre las oportunidades delictivas significa que la probabilidad de delinquir suele ser más alta cerca de los nodos de actividad y disminuye con la distancia. Este patrón de disminución de la distancia refleja que las personas están más familiarizadas con las áreas más cercanas que con las más alejadas de sus lugares de actividad, y la familiaridad es un factor importante en la elección de la ubicación del crimen. 

Todo esto también refleja el principio del mínimo esfuerzo: en teoría, las personas viajan la menor distancia necesaria para encontrar la oportunidad de cometer un delito. 

El objetivo principal del artículo es ampliar la comprensión de cómo todas estas asociaciones se dan en la realidad. Para ello, se recogieron datos sobre los delitos y los nodos de actividad de los delincuentes, extraídos de la National Intelligence Application (NIA), una base de datos de la policía de Nueva Zelanda. Los delitos que se incluyeron fueron todos los robos residenciales y no residenciales, robos comerciales y personales y delitos sexuales extrafamiliares cometidos entre 2009 y 2018. Además, en todos ellos se identificó a un delincuente con pruebas suficientes como para proceder en su contra. 

Los resultados obtenidos revelaron que casi todos los nodos se asociaron significativa y positivamente con la elección de la ubicación del crimen. 

De acuerdo con las expectativas basadas en la teoría del patrón delictivo, el crimen casi siempre fue más probable en las inmediaciones de los nodos de actividad y disminuyó con la distancia. Los delitos en el hogar mostraron las asociaciones más fuertes, seguidos por los hogares de la familia inmediata. Esta información es especialmente relevante y novedosa para los robos no residenciales y delitos sexuales extrafamiliares.

Además, parece ser que las personas son más propensas a delinquir cerca de los hogares de la familia inmediata frente a otros parientes más lejanos y parejas íntimas. 

Estos hallazgos, señalan los autores, son interesantes porque pueden contribuir a identificar con mayor exactitud quién es más probable que haya cometido un delito en un lugar en concreto, dada la naturaleza y la proximidad de sus nodos de actividad. 

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Amigos del Club de Ciencias Forenses, esta semana presentamos el artículo “Characteristics of Sexual Homicide Offenders Focusing on Child Victims: a Review of the Literature”, de Page, J.; Tzani-Pepelasi, K. y Gavin, H. (2022), en el que las autoras realizan una revisión de la literatura existente sobre los perfiles criminales de los asesinos sexuales, centrándose, específicamente, en aquellos casos donde las víctimas son niños o adolescentes jóvenes. 

El homicidio sexual se ha vuelto cada vez más popular en los últimos años desde el punto de vista de la investigación científica, especialmente aquel en el que las víctimas son niños.

Aunque el homicidio sexual es un fenómeno raro, que representa sólo entre el 1-4% de los homicidios registrados en Norteamérica y Reino Unido en los últimos años, el público considera estos delitos como los más abominables, y les suele dar mucho más protagonismo. 

Cuando la víctima es un niño, además, atrae intensos niveles de atención de los medios, además, el escrutinio público hacia las fuerzas policiales investigadoras y la presión para realizar un arresto rápidamente son severos. 

Sin embargo, ha habido problemas para definir el homicidio sexual, lo que ha hecho difícil clasificar estos delitos. La mayoría de los estudios revisados en este artículo han utilizado la definición del FBI, que considera un homicidio sexual aquel en que, en la escena del crimen hay: “ropa de la víctima o falta de ropa, exposición de las partes sexuales de la víctima, posición sexual de la víctima, inserción de objetos extraños en las cavidades del cuerpo de la víctima, y/o evidencia de relaciones sexuales”. 

Sin embargo, esta definición puede quedarse un poco corta. En 2015, Chan amplió el concepto incluyendo criterios que pueden no estar disponibles en la escena del delito, como la confesión del delincuente o los efectos personales del agresor, ampliando el ámbito de lo que puede calificarse como homicidio por motivación sexual. 

El objetivo principal de este estudio fue revisar la literatura existente sobre los homicidas sexuales y comparar los hallazgos con los homicidas sexuales de niños, para comprobar si existen similitudes. Para ello, se utilizaron bases de datos y bibliotecas online, donde se encontraron estudios relevantes para su revisión, llegando a un total de 72. 

En 2002, Beauregard y Proulx desarrollaron un modelo de homicidas sexuales que sugería dos tipos de modus operandi: sádico e iracundo, luego ampliaron este modelo para incluir el tercer tipo: oportunista

El sádico tenía una tendencia a premeditar el asesinato, a la mutilación, a la humillación y a esconder el cuerpo. Tenía una personalidad ansiosa, con rasgos de una personalidad evitativa, dependiente y esquizoide, así como algún tipo de desviación sexual e hipersexualidad. Además, eran más propensos a tener baja autoestima. Su modus operandi del delito estaría caracterizado por las fantasías sexuales desviadas del sujeto. 

Los comportamientos sádicos en la escena del crimen incluirían la estrangulación, inserción de objetos extraños, mutilación y uso de restricciones en la víctima, lo que podría demostrar las fantasías sexuales sádicas del delincuente. 

El iracundo no planea el delito, pero es más probable que deje el cuerpo en la escena y experimente soledad antes del asesinato. Tienen rasgos de personalidad dramáticos, incluidas las características de personalidad narcisista y dependiente, un estilo de vida antisocial y su modus operandi se basa en su deseo de venganza contra las personas que creen responsables de sus problemas, incluyendo altos niveles de ira, impulsividad y violencia extrema. Debido a esto último, el asesinato puede darse, a pesar de que al principio, las circunstancias sexuales hayan sido consentidas. 

El oportunista tiene un perfil de personalidad también dramático, que incluye rasgos del trastorno de la personalidad narcisista y antisocial. No tendrían problemas en su vida, pero estarían sexualmente insatisfechos. Su modus operandi estaría caracterizado por su necesidad de gratificación sexual y la creencia de que las demás personas sólo existen para satisfacer sus necesidades. La agresión sexual suele ser un delito de oportunidad, por ejemplo, el delito principal puede haber sido un robo y luego ocurrió una agresión sexual como resultado de la disponibilidad de la víctima. 

¿Y con respecto a este tipo de delitos en niños? Estos mismos autores exponen su propio modelo en 2019, tras una revisión de la literatura existente, sobre 72 casos de homicidios sexuales cometidos en Francia. 

La primera de las categorías es la del asesino “intencional/prepúber” (20,9%), con víctimas mayoritariamente masculinas y de corta edad (9 años). Los delincuentes estarían familiarizados con el lugar del crimen y atacarían a sus víctimas dentro de una residencia. La mayoría de ellos penetraban y tocaban sexualmente a las víctimas y trasladaban el cuerpo tras la muerte. Este tipo de delincuente era el más propenso a consumir drogas o alcohol antes de cometer el homicidio. 

Por otro lado, está el tipo “involuntario/preadolescente” (11,1%), con víctimas mayoritariamente masculinas. Se dirigían a víctimas desconocidas (75%) y la mayoría eran asesinadas por estrangulamiento, pero no fueron penetradas sexualmente.

El grupo más común fue el “intencional/preadolescente” (22,2%). Las víctimas masculinas también fueron las predominantes. Estos delincuentes eran propensos a consumir drogas antes del delito. La penetración sexual siempre se realizaba y la humillación ocurría con frecuencia. Además, las víctimas también eran golpeadas con asiduidad. No intentaron ocultar el cuerpo y normalmente lo enterraban de forma parcial. 

El agresor “involuntario/preadolescente” (11,1%) fue uno de los menos comunes y se caracterizó por la exclusividad de mujeres víctimas, además de elegirlas por su corta edad (10 años o menos). En su mayoría, eran niñas desconocidas (75%). Se practicaba siempre la penetración sexual, rara vez movían el cuerpo de la víctima y no intentaban ocultarlo. 

El tipo “intencional/adolescente” (16,7%) se dirige a víctimas de aproximadamente 12 años de edad. Practicaban la penetración sexual y el estrangulamiento, movían el cuerpo de la víctima después del crimen, parecían evitar el contacto social con los demás y eran los más propensos a exhibir comportamientos sexuales sádicos en la escena. 

Finalmente, está el grupo “indiscriminado/adolescente” (18,1%) que se caracterizó por la criminalidad y antecedentes previos. La mayoría de víctimas eran mujeres de aproximadamente 14 años, normalmente desconocidas.

Este modelo propuesto es bastante bueno, ya que menciona la edad de las víctimas, los comportamientos en la escena del crimen, y brinda características aproximadas del delincuente que la policía podría utilizar en las primeras etapas de una investigación. Sin embargo, podría ampliarse para incluir más detalles sobre los antecedentes criminales anteriores o datos geográficos en relación con las víctimas y el criminal, lo cual reforzaría el modelo y lo convertiría en una herramienta de investigación mucho más útil. 

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Amigos del Club de Ciencias Forenses, esta semana presentamos el artículo “Bringing Light into the Dark: Associations of Fire Interest and Fire Setting With the Dark Tetrad”, de Wehner, C.; Ziegler, M.; Kirchhof, S. y Lämmle, L. (2022), en el que los autores realizan un estudio para saber si existe alguna relación entre los rasgos de la llamada Tétrada Oscura y la fascinación por el fuego o los incendios provocados. 

El fuego siempre ha jugado un papel importante en la humanidad, ya sea como fuente de calor y luz, como medio para cocinar, o como una fuente de entretenimiento. Sin embargo, casos trágicos como los incendios forestales, o el incendio de Notre Dame en 2019, traen a la conciencia pública el potencial destructivo que también posee el fuego. 

Ya sea deliberadamente o por accidente, un incendio descontrolado causa graves daños tanto a personas como a la propiedad. Los incendios causaron 3.655 muertes en Estados Unidos en el año 2018, y de ellos, 350 fueron consecuencia de incendios provocados. 

Debido a este potencial destructivo, es necesario explorar el comportamiento de provocar incendios e investigar qué factores llevan a un individuo a ese punto. 

La investigación ha identificado varias vulnerabilidades psicológicas que se califican como factores de riesgo potenciales. Uno de ellos es el interés o la fascinación por el fuego, además de por iniciarlo. 

Muchos estudios se han centrado en la importancia de integrar los hallazgos sobre trastornos de la personalidad y patologías mentales al asunto de los incendios. Una mejor comprensión de la relación entre los rasgos complejos y oscuros, y la provocación de incendios, puede informar sobre los esfuerzos que se deben tomar en materia de prevención, o incluso puede ayudar a desarrollar teorías sobre cómo se desarrolla una patología que deriva en este comportamiento. 

Se ha planteado la hipótesis de que dos rasgos asociados con el interés por el fuego y la provocación de incendios son la impulsividad y la búsqueda de emociones. Y el vínculo entre provocar incendios e impulsividad, en concreto, se ha demostrado empíricamente.

Dado que la psicopatía incluye la impulsividad como uno de sus aspectos centrales, los autores la consideran potencialmente relevante para la predicción de la provocación del fuego. 

Otras variables incluyen otros rasgos de la Tétrada Oscura. Ésta es más conocida como Tríada Oscura, pero algunos autores la denominan “Tétrada” añadiendo un factor más, en total: psicopatía, narcisismo, maquiavelismo y sadismo. 

Cuando pensamos en provocar incendios, lo primero en lo que pensamos es en la piromanía. Esta se clasifica por un gran interés por el fuego, pero también por experiencias en las que antes de provocar un fuego se siente tensión y excitación y tras el acto, un gran alivio. Debido a estos criterios, es complicado diagnosticar la piromanía, por lo que la gran mayoría de personas con este trastorno no lo saben y, lo que es peor, no lo tratan. 

Una teoría que incorporó el interés por el fuego como un factor importante para provocarlos, es la Teoría de Trayectorias Múltiples de Incendios (M-TTAF, por sus siglas en inglés). Describe cómo las vulnerabilidades psicológicas y otros factores, como los aspectos culturales o del desarrollo, así como el contexto situacional y el aprendizaje social, pueden provocar un incendio. Los autores sugirieron cuatro trayectorias posibles dentro de esta teoría: la antisocial, la del agravio, la del interés por el fuego y la de la necesidad de reconocimiento, existiendo una quinta, que sería la combinación de las otras cuatro. 

Para ello, los autores realizaron un estudio en el que participaron 222 personas y a las que se les realizaron una serie de cuestionarios relacionados con la fascinación por el fuego, la Tétrada Oscura y la M-TTAF. 

Se encontró que la psicopatía y el sadismo físico directo están significativamente correlacionados con el interés por el fuego y el entorno. El sadismo verbal directo se correlacionó positivamente, por un lado, también con el interés por el fuego, y por otro, con la provocación de éste. 

Estas dos últimas tendencias se correlacionaron positivamente, a su vez, con el M-TTAF que sugiere que el interés por el fuego es un factor importante para algunas personas, pero no para todas. Por ejemplo, alguien que sigue la trayectoria del agravio propuesta por el modelo, estaría más motivado por la venganza o la retribución cuando comete un incendio, que por el interés que tenga en el fuego en sí. 

El sadismo vicario se relacionó, por otro lado, con la satisfacción producida únicamente al ver el fuego de un incendio activo. 

Además, se vio una vez más la relación entre la impulsividad y la provocación de incendios. Y la psicopatía mostró la relación más fuerte entre los otros rasgos de la Tétrada Oscura. Como la impulsividad es una faceta clave de la psicopatía, parece lógico relacionar, con cautela, la provocación de incendios con la psicopatía.

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Amigos del Club de Ciencias Forenses, esta semana presentamos el artículo “How bad is crime for business? Evidence from consumer behavior”, de Fe, H. y Sanfelice, V. (2022), en el que los autores realizan un estudio con datos de la ciudad de Chicago para entender el comportamiento de los consumidores cuando se trata de elegir qué negocios frecuentar, teniendo en cuenta las tasas de criminalidad del lugar en que éstos se sitúan. 

Numerosos estudios sugieren que el miedo a la victimización hace que los consumidores, trabajadores y empresarios alteren sus actividades. El crimen y los cambios de comportamiento que conlleva, aumentan el coste de hacer negocios en un lugar y, por tanto, afecta al desarrollo económico de toda la zona. 

La literatura económica ha dedicado muy poca atención a estudiar si el crimen impacta en las actividades comerciales, y si es así, cómo lo hace, explorando en concreto el comportamiento del consumidor. 

Este es el objetivo de los autores con este artículo: llenar el vacío existente en la literatura sobre este punto, mediante la medición del comportamiento del consumidor en función de las actividades delictivas de una zona. Comprenderlo es fundamental para las empresas, los urbanistas, la criminología urbana y los responsables políticos. 

En los últimos tiempos, la presencia de pequeñas empresas locales como cafeterías, supermercados y bares, se ha convertido en un símbolo de desarrollo de los barrios. Por tanto, al medir la respuesta del consumidor a la delincuencia local, se ayuda a los responsables de la formulación de políticas a comprender cómo la delincuencia puede afectar a los esfuerzos que se realizan para impulsar el desarrollo económico. 

Un estudio de 2019 informaba que una mayor prevalencia de delitos violentos y contra la propiedad privada estaría significativamente asociada tanto con el fracaso empresarial como con la reubicación de negocios. Otro estudio de 2016 encontró que la delincuencia en los vecindarios reduce los valores de las propiedades comerciales. Sin embargo, no existe un consenso claro sobre el efecto del crimen, ya que la mayoría de resultados empíricos no tienen aún interpretaciones causales.

Para comprender la relación entre el crimen y la elección del consumidor, se deben examinar tres roles: el del consumidor, el del delincuente y el de la empresa. 

La teoría criminológica reconoce que un delincuente motivado, la presencia de un objetivo adecuado y la ausencia de una tutela efectiva, son elementos esenciales que propician el hecho delictivo. Conscientes de estos elementos, los ciudadanos asimilan el riesgo de convertirse en víctimas y modifican sus acciones en base a ello. 

El nivel de delincuencia asociado con la ubicación de un lugar puede afectar a los consumidores de un negocio de varias maneras. Por ejemplo, las personas pueden tomar en consideración el riesgo de ser víctimas de un delito mientras visitan físicamente un establecimiento y pueden optar por evitar ciertas áreas

La percepción de la violencia ha afectado también a la decisión residencial, remodelando las ciudades con la huida de las familias a las afueras, en busca de un entorno más seguro.

Los consumidores también pueden verse afectados a través de las experiencias emocionales asociadas con el uso de un servicio: las experiencias positivas en un entorno tienen una influencia positiva en las emociones, y al contrario ocurre lo mismo. 

Por otro lado, las personas también pueden evaluar su riesgo de ser victimizados a través de la observación, como ya señaló la famosa teoría de las ventanas rotas, o, por ejemplo, siendo conscientes de la presencia policial en un lugar. 

Por otro lado, hay varias formas en las que el flujo de consumidores afecta a la decisión de los individuos de cometer delitos. Por ejemplo, los lugares con más gente ofrecen más oportunidades para que los delincuentes ataquen. Una mayor circulación de personas en áreas urbanas también puede alterar el orden social y facilitar la discreción de las actividades ilícitas disminuyendo la probabilidad de aprehensión del criminal. Incluso los consumidores pueden convertirse en delincuentes cuando las reuniones generan conflictos sociales. 

En cuanto a los negocios, pueden sufrir delitos como hurtos o robos, y gastar muchos recursos económicos en medidas de prevención y protección para aumentar la seguridad privada. La delincuencia puede provocar, por otro lado, una disminución de los ingresos si ahuyenta a los consumidores. 

Los autores analizaron datos procedentes de las autoridades policiales de la ciudad de Chicago, una de las más importantes de Estados Unidos.

Los resultados principales sugieren que el efecto de la delincuencia en las visitas de los consumidores a los negocios es grande y significativo cuando los incidentes ocurren en espacios públicos, mientras que los delitos que ocurren en las residencias privadas no tienen un efecto estadístico relevante. 

Por otro lado, el crimen parece tener un efecto negativo en el número de visitas y el número de clientes que recibe un establecimiento, pero no se encontraron efectos importantes en el tiempo que estos clientes permanecían en el local.

Y, como es lógico, las visitas nocturnas son más sensibles a los cambios en el crimen que las visitas diurnas. 

Los hallazgos del artículo son consistentes con el argumento de que la percepción de la violencia y el riesgo de victimización ahuyenta a los consumidores, lo que hace que las empresas sean potencialmente menos rentables.

Comprender esto es útil para ayudar a los legisladores y las agencias locales a planificar la reactivación y el desarrollo económico de las comunidades, de la mano con políticas efectivas de prevención de la criminalidad. 

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Amigos del Club de Ciencias Forenses, esta semana presentamos el artículo “A Systematic Review of Risk Factors Implicated in the Suicide of Police Officers”, de Krishnan, N.; Steene, L. M. B.; Lewis, M.; Marshall, D. e Ireland, J. L. (2022), en el que los autores realizan una investigación teniendo en cuenta la literatura previa sobre el suicidio en agentes de policía, para intentar identificar cuáles son los factores de riesgo más importantes.

Los problemas de salud mental suponen una complicación importante para aproximadamente 300 millones de personas en todo el mundo. Dentro de ellos, existen las conductas y/o ideas suicidas, que son una preocupación considerable para la población en general, con más de 700.000 muertes por suicidio al año en todo el mundo. 

En comunidades pequeñas y grupos cerrados, como las fuerzas del orden, los médicos, o trabajadores de servicios de emergencia, los impactos inmediatos y a largo plazo del suicidio pueden exacerbarse dado el efecto “onda” que puede ocurrir, producto de presenciar un trauma en primera persona. 

Datos de la Oficina de Estadística Nacional de Reino Unido, muestran que ha habido un total de 169 suicidios por parte de agentes de policía entre 2011 y 2019, con un promedio de aproximadamente 21 muertes al año. 

Teniendo en cuenta las estadísticas mundiales y comparándolas con las estadísticas de los cuerpos de seguridad de Reino Unido, algunos investigadores han descrito el fenómeno en este último contexto como una “epidemia” de gran gravedad.

A pesar de estas fuertes afirmaciones, otros autores han puesto en duda la clasificación del suicidio como la principal causa de muerte entre los agentes del orden. Los problemas en la evaluación y recopilación de estadísticas del suicidio, hacen que la estimación precisa del problema sea cada vez más difícil. 

Independientemente de si los agentes de policía experimentan tasas más altas de suicidio en comparación con la población general, también es algo que preocupa porque se supone que los oficiales reciben, al menos en Reino Unido (contexto de este estudio), el apoyo adecuado a través de capacitación, beneficios relacionados con servicios sanitarios y asesoramiento. 

Los autores decidieron, por tanto, en este estudio, investigar los factores de riesgo y predictores que sustentan el suicidio en este grupo de la población. 

Si bien el consenso general de expertos sostiene que la causalidad del suicidio es multidimensional, la literatura reporta tres claves, o tres niveles particulares de factores estresantes que se cree que están implicados en el suicidio consumado del personal encargado de hacer cumplir la ley: primero, aparecen factores estresantes personales o individuales; después, los factores ocupacionales; por último, los problemas organizacionales

Los estresores personales se refieren a factores internos del oficial, como trastornos mentales o consumo de sustancias. Los factores ocupacionales abarcan las demandas que se consideran parte del trabajo, como relacionarse con las víctimas y victimarios de los delitos e interactuar con el sistema de justicia. Y los problemas organizacionales comprenden preocupaciones sobre el poco apoyo que pueden recibir en algunos momentos, los deberes burocráticos y la falta de oportunidades de avance profesional en determinados contextos. Todo ello puede aumentar la probabilidad del comportamiento suicida. 

Para ahondar más sobre el tema, los autores deciden investigar sobre literatura previa relacionada con los suicidios y los agentes de policía, para poder ampliar más la información sobre los factores de riesgo. 

Se revelaron cinco factores aparentemente determinantes: el uso problemático de sustancias en un momento cercano a la muerte, la presencia de depresión e intentos de suicidio previos, diferencias en la respuesta a los traumas que pueden experimentar, exposición excesiva y prolongada al estrés relacionado con el trabajo, y la ausencia de una relación íntima estable. Cuando estos factores coexisten, parecen relacionarse con una mayor probabilidad de conductas suicidas. 

El 40% de los estudios incluidos identificaron el uso problemático de sustancias como omnipresente, y directamente relacionado. Más específicamente, los hallazgos indicaron una trayectoria creciente de consumo de sustancias en los días y horas anteriores al evento suicida. 

Los problemas de salud mental, más particularmente los trastornos depresivos y los intentos previos de suicidio, fueron identificados por la mayoría de los estudios policiales (50%). Es interesante mencionar que las mujeres oficiales reportaron puntuaciones más altas de depresión en comparación con los hombres.

También se encontraron hallazgos contradictorios que sugieren la necesidad de seguir investigando sobre el tema, ya que, en un estudio de 2004 se propuso la idea de que los oficiales con más años en el servicio policial eran menos susceptibles al estrés relacionado con el trauma y, por tanto, a las tendencias suicidas, pero existe otra opinión, que es la más predominante, y sostiene que las personas expuestas a múltiples episodios traumáticos tienen más probabilidades de presentar síntomas de trastorno de estrés postraumático. 

Por otro lado, parece ser que tener una pareja no es suficiente para considerarlo un factor de protección, sino que la calidad de la relación es lo determinante y lo que brinda en realidad la función protectora

Como vemos, hay algunos hallazgos que coinciden, pero otros que pueden generar gran debate, por lo que los autores sugieren continuar investigando y estudiando este tema, de forma que se pueda seguir arrojando luz sobre él y, consecuentemente, previniéndolo.

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Amigos del Club de Ciencias Forenses, esta semana presentamos el artículo “The seductions of cybercrime: Adolescence and the thrills of digital transgression”, de Goldsmith, A. y Wall, D. S. (2022), en el que los autores reflexionan sobre qué es lo que, desde el cibercrimen, seduce a los jóvenes; para finalizar proponiendo ideas sobre qué se puede hacer desde la política criminal y la educación de forma que se mitiguen los efectos negativos de las nuevas tecnologías.

Internet es una herramienta pública que nos acompaña en nuestro día a día desde hace más de 30 años. Sin embargo, en este tiempo, ha cautivado y seducido a más de la mitad de la población del planeta. Se estima que aproximadamente 4.500 millones de personas eran usuarias de internet a 30 de junio de 2019. 

Los jóvenes menores de 30 años, que han crecido junto a internet y se han criado con él, tienen más probabilidades que las personas más mayores de tener acceso a él y pasar más tiempo navegando por la red, realizando búsquedas, jugando y usando las redes sociales, entre otras actividades. 

Las posibilidades de internet son prácticamente ilimitadas, al igual que su atractivo para el entretenimiento, el ocio y la distracción. Dada su relativa novedad y su alcance global, en los últimos años se ha dedicado mucha atención a las desventajas que han comenzado a surgir. 

Sobre todo, existe gran preocupación sobre la seguridad en internet, como su uso por parte de adultos para explotar a los niños, o el uso por parte de niños para intimidar a otros menores. 

En este artículo, los autores exploran la importancia de internet en términos de atracción para los adolescentes de entre 12 y 19 años. 

Para ello, utilizan como base un estudio de Jack Katz, de 1988, sobre ladrones jóvenes y graffiteros porque los autores consideran que les ofrece algunas analogías útiles para reflexionar sobre la conexión entre los impulsos emocionales de los jóvenes y la comisión de delitos.

Pero ¿por qué los jóvenes son un grupo de población especial? Ya lo hemos comentado alguna vez en antiguos posts, pero profundicemos un poco. 

Este grupo tiene tres tareas socioemocionales principales: desarrollar una identidad, aprender sobre la intimidad y descubrir su sexualidad. Buscan información y validación, a través de la comunicación con sus compañeros en especial. Además, a menudo les llama la atención el interés por los contenidos extremos y de riesgo, pero a medida que van creciendo, también se interesan por la autonomía personal y la vida adulta. Durante la adolescencia también hay una considerable impulsividad que limita a menudo la capacidad de autocontrol de los jóvenes. 

Internet responde a estas necesidades de autonomía, competencia y relación. 

Dentro de la criminología ambiental, Clarke propone la idea de que individuos sin disposiciones preexistentes para el crimen, pueden ser arrastrados al comportamiento delictivo por la proliferación de oportunidades. Es decir, las situaciones podrían dar forma a las motivaciones a través de la sugestión y la intensificación de sentimientos, sumado a las oportunidades de cometer delitos. Y ya sabemos que internet es, ante todo, la oportunidad de oportunidades. 

Los autores se centran en varios delitos: hablan de la piratería, del acoso y otras tipologías, pero se centran en el consumo de pornografía como factor criminógeno. 

En un experimento realizado en Reino Unido, se observó durante 88 días un sitio web, aparentemente legal, que, una vez dentro, ofrecía la oportunidad de conectarse a sitios web de pornografía dura. Tuvo 803 visitantes en este tiempo, y de ellos, 457 hicieron click en el anuncio de la página de pornografía, lo que llevó a los investigadores a concluir con que la mayoría de usuarios de internet no resistirían la tentación. 

Parece haber pocas dudas de que, al menos en algunos casos de delitos sexuales graves, se involucra de una u otra forma el consumo de pornografía online. Algo muy preocupante es que la primera exposición a la pornografía online ocurre cada vez más pronto, durante los primeros años de la adolescencia o incluso en la niñez. La exposición de los menores a internet durante largos periodos de tiempo y sin supervisión, hace que sean más vulnerables a este tipo de contenido, al que a veces acceden de forma involuntaria. 

Si le sumamos esto a la idea de que los jóvenes en edad de desarrollo buscan emociones fuertes, son más impulsivos y les atraen los contenidos más extremos y transgresores, muchas veces por simple curiosidad, nos encontramos con un problema que puede ser grave. 

Para muchos jóvenes, 30 Para aquellos que son propensos a la curiosidad y la búsqueda de sensaciones, puede ser muy difícil no ceder a sus encantos.

Sin ignorar la clase, la influencia de los compañeros, los antecedentes familiares, la pobreza o las adicciones, debe haber una comprensión más profunda de la capacidad de persuasión de las tecnologías a la hora de operar en la vida de los jóvenes. 

La política debe consistir en intervenciones que tengan en cuenta, en general, la falta de experiencia vital de los jóvenes que cometen sus primeros delitos por la influencia de internet o a través de éste, y los autores sostienen que las respuestas punitivas deben aplicarse con moderación. 

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Amigos del Club de Ciencias Forenses, esta semana presentamos el artículo “Analysis of Cybercrime on Social Media Platforms and Its Challenges”, de Almansoori, A.; Abdallah, S.; Alshamsi, M. y Salloum, S. A. (2021), en el que los autores realizan un análisis de los delitos que se han cometido en los últimos años y que están estrechamente relacionados con el desarrollo de las tecnologías, internet y las redes sociales. 

El ciberespacio ha llegado a todas las partes del planeta, y es una especie de universo accesible desde todos los puntos del globo. 

Los avances en ciberseguridad, la tecnología y los métodos para proteger los softwares, redes y datos asociados a los ordenadores, han conseguido prevenir millones de ataques de personas malintencionadas y, en general, de ciberdelincuentes. 

Lo revelador es que los mayores esfuerzos de la ciberseguridad no evitan por completo los ciberataques, y por ello la necesidad de mantenerse alerta y protegerse contra estas actividades ha cobrado gran importancia en los últimos años.

Esto puede parecer sencillo, pero entra en juego un factor que dificulta enormemente esta tarea, que, además, es un fenómeno sin precedentes: las redes sociales. 

Podemos definirlas como un grupo de aplicaciones de internet que permiten crear e intercambiar contenido generado por distintos usuarios. LinkedIn, YouTube, Facebook, Instagram, Snapchat… ayudan a construir relaciones sociales y comunidades online que pueden llegar a ser muy sólidas, lo que se considera un activo de gran valor para muchos propósitos. 

Brindan muchas oportunidades novedosas para socializar e interactuar con usuarios que han redefinido el enfoque hasta antes conocido de compartir información: desde manifestar opiniones públicamente, hasta la circulación de noticias, los negocios online, pasando por la publicidad. Todo esto, debido al alcance global de internet, permite que el contenido llegue a todas las partes posibles del mundo. 

Y, a pesar de lo bueno que es esto, tiene una parte oscura y peligrosa: las personas se convierten en objetivos sencillos y obvios para los ciberdelincuentes a través de las redes sociales. 

Para salvaguardar la integridad y seguridad de las personas, las organizaciones aumentan constantemente los presupuestos de tecnología y seguridad, de forma que se puedan proteger estas redes sociales, de manera que se selle la información disponible proveniente de ellas. 

Esta investigación tuvo como objetivo comprender las características de los delitos que se cometen a través de internet y las redes sociales, e identificar qué tipo de esfuerzos debe realizar la policía para controlarlos. ¿Qué tipos de ataques y delitos se están produciendo? ¿Cuál es la demografía de la mayoría de los delincuentes? 

Los autores realizaron un análisis de las diferentes plataformas de redes sociales centrándose en las amenazas y ofensivas, llegando a obtener 574 observaciones. Cada una de estas observaciones se identificaba con una persona sospechosa de haber cometido cualquier tipo de forma de delito cibernético en estas redes sociales. Se contabilizaron casos desde el 2014 hasta el 2018. 

La mayoría de delitos se produjeron en 2018, con el 28,1% del total; después, 2015 con un 20,1%. Según los datos, hubo 300 casos de fraude, 100 casos aproximadamente de pornografía infantil, y otros delitos significativamente menos relevantes estadísticamente, como el acoso o el grooming. 

Se vio que la mayoría de los delincuentes tenían antecedentes previos. Alrededor del 70% tenía antecedentes por algún delito, mientras que el 30% no. 

En cuanto a la formación académica de los sospechosos no tenía educación superior, alrededor del 70% tenía sólo educación básica, y el 30% se había graduado de algún tipo de educación superior. 

Alrededor del 61% de los delincuentes provenía de entornos muy pobres, mientras que aquellos de clase media y alta constituían el 39% restante. 

Por otro lado, la mayoría de delincuentes tenía entre 20 y 25 años, con un pico importante a los 22. Apenas había delincuentes mayores de 45 años. 

Los sitios de redes sociales online deben identificar los aspectos centrales de la conectividad humana y social a través de metodologías precisas y sólidas que garanticen en todo momento la privacidad, la protección, y que además construyan confianza entre la plataforma y el usuario. 

Los gobiernos, junto a los servicios de inteligencia, deben formarse para adoptar y enmarcar las tecnologías. La cantidad de datos que fluyen en las redes sociales se debe analizar de forma muy rigurosa. 

Otro punto importante es la toma de conciencia del individuo, ya que debe ser responsable con el contenido que comparte y las redes sociales que utiliza. 

El conocer aspectos demográficos de la mayoría de delincuentes cibernéticos puede ser de gran utilidad para las fuerzas de seguridad, ya que, de esta forma, pueden seguir una guía básica de dónde deben enfocar los recursos e investigaciones, de manera que ayudaría a identificar a los individuos con más probabilidades de ser victimarios de este tipo de delitos.

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Amigos del Club de Ciencias Forenses, esta semana presentamos el artículo “Different places, different problems: profiles of crime and disorder at residential parcels”, de O’Brien, D. T.; Ristea, A.; Hangen, F. y Tucker, R. (2022), en el que los autores realizan un estudio para conocer cómo varía el crimen en función del lugar de la ciudad en que nos encontremos. 

En los últimos años se ha observado un interés creciente por el estudio de las zonas problemáticas de las ciudades, ya que se considera que tienen concentraciones muy altas de crimen y desorden social. 

Los trabajos hasta la fecha han revelado que existen diferencias importantes en las diferentes zonas: cómo es la delincuencia, cómo es la desorganización que existe en ellas… pero no se ha profundizado en el tema. 

Con las investigaciones más recientes se ha visto que existen muchas variaciones de desorden y criminalidad en función del barrio; por ejemplo, hay algunos con desorden social, pero sin desorden físico, y así sucesivamente. Comprender esta diversidad sería algo muy importante de cada a preparar mejor las intervenciones para mitigar las consecuencias negativas del asunto. 

En el estudio actual, se estudian parcelas distintas zonas de Boston. El primer objetivo es saber si todas exhiben el crimen y el desorden de manera similar o si se diferencian en múltiples perfiles. Por otro lado, los autores pretenden conseguir, con la tipología que se obtenga, cómo coexisten, y hasta qué punto lo hacen, los diferentes tipos de crimen y desorden. 

Una idea que mencionan los autores es que, como norma general, se le suele prestar mucha más atención a los lugares con un alto índice de delincuencia, que irónicamente, representan una proporción muy pequeña en las comunidades. 

Esto es algo que la criminología especializada en el tema ya ha mencionado en los estudios más recientes. Explica que entre el 4 y el 6% de las calles problemáticas de una ciudad, representan más del 50% de los delitos que suceden en ésta, independientemente del tipo de la ciudad o su tamaño. 

También se ha demostrado que las concentraciones de delincuencia en una calle determinada tienden a persistir en el tiempo, y cuando aumenta o decrece la delincuencia en estas calles, suele ser un indicador de tendencias de delincuencia en toda la ciudad. 

Por otro lado, según la literatura previa, parece ser que las parcelas de propiedades que experimentan muchos robos, mantienen esta tendencia a lo largo del tiempo. 

Es interesante mencionar la teoría del patrón delictivo, que argumenta que las actividades y las personas asociadas con un lugar en particular, determinan la frecuencia y la manera en que los delincuentes, las víctimas y el contexto interactúan entre sí. Esto, a su vez, da forma a la probabilidad y naturaleza del crimen y el desorden del lugar. 

Así, la prevención del crimen situacional enfatiza la necesidad de apostar por pequeñas modificaciones en estos lugares que alteren su estructura de oportunidades. Por ejemplo, proporcionar mejores líneas de visión a los encargados de la seguridad de la zona, o designar el papel de “administrador del lugar”, a dueños de propiedades de la zona. 

El estudio actual analiza la distribución de varios tipos de delincuencia y desorden en una serie de parcelas residenciales de Boston, Massachusetts (EEUU). Para ello, se utilizaron registros del número telefónico de emergencias, 911. Un total de 81.673 parcelas fueron estudiadas. 

El análisis identificó varios perfiles de desorden y delincuencia en las zonas analizadas: cuatro de los más importantes fueron la denigración pública, la negligencia privada, los conflictos privados y los eventos relacionados con armas. También se identificó la existencia de los llamados “centros violentos” que concentran muchos tipos de problemas. Estos últimos estaban aislados, casi por completo, de otros barrios conflictivos. 

Los autores comentan, como dato interesante, que los perfiles de delincuencia y desorden de cada parcela tendieron a especializarse en un solo tipo de problema, con la excepción de los centros violentos que combinaban varios problemas (pero sólo supusieron el 0,2% del total). 

Esta tendencia se puede entender en términos de actividades rutinarias y teorías relacionadas. Cada lugar se caracteriza por las personas que lo frecuentan, su propensión a delinquir, los factores contextuales del lugar… Esto hace que la especialización sea más llamativa, ya que podría ser que algo sobre los individuos involucrados, o algo en sus dinámicas, los haga propensos a experimentar un problema o a vivir unas experiencias que los hagan más vulnerables a un tipo de delincuencia. 

Los hallazgos son importantes porque manifiestan la necesidad de tomar acciones que estén hechas a la medida de los barrios donde se van a aplicar, para que su efectividad sea la esperada, y las herramientas utilizadas estén especializadas y matizadas para perfeccionar las intervenciones. 

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Amigos del Club de Ciencias Forenses, esta semana presentamos el artículo “Sex offending among adolescents and young men with history of psychiatric inpatient care in adolescence” de Kaltiala, R., Holttinen, T. y Ellonen, N. (2022), en el que los autores realizan un estudio de seguimiento de 30 años de duración en casos de hombres y jóvenes adultos que estuvieron en centros psiquiátricos, para saber si, al ser dados de alta, cometieron algún tipo de delito, poniendo el foco en los delitos sexuales. 

Durante la adolescencia existen discrepancias entre la maduración física, la maduración cognitiva y la maduración emocional, y esto es algo que puede aumentar el riesgo de los jóvenes para formar parte, por ejemplo, de encuentros sexuales que no son seguros. En casos más extremos, incluso pueden aparecer encuentros sexuales no consensuados.

Todo esto puede estar relacionado con trastornos mentales de internalización y también de externalización. De hecho, formar parte de una actividad sexual no consentida, según mencionan los autores, sería un factor de riesgo importante para los trastornos mentales. Ser el victimario en este tipo de actos, puede guardar relación también con problemas de desarrollo.

Además de los factores de riesgo que existen para la delincuencia en general, los delincuentes sexuales jóvenes a menudo presentan un historial de sujeción al abuso sexual, intereses sexuales atípicos, aislamiento social y algún tipo de psicopatología.

Algunas condiciones psiquiátricas y de desarrollo se han asociado en jóvenes y adultos con una mayor probabilidad de cometer delitos sexuales. Por ejemplo, trastornos graves de conducta, desarrollo de una personalidad antisocial, e incluso en algunos casos (aunque no mayoritarios), trastornos del espectro autista y retraso mental. 

Hasta dos tercios de los delincuentes sexuales jóvenes cumplen los criterios diagnósticos de algunos trastornos mentales. 

Muchos trastornos mentales graves están relacionados con la sexualidad y deben ser tenidos en cuenta, ya que pueden distorsionar el desarrollo normativo hacia una sexualidad consensuada y satisfactoria, como la anhedonia, el déficit de control de impulsos, la ansiedad social o problemas de percepción y comunicación. Esto puede ser particularmente dañino en la adolescencia, cuando los jóvenes están experimentando un desarrollo decisivo en muchas y variadas áreas de su vida. 

Los autores tienen diferentes objetivos en este trabajo. Por ejemplo, conocer con qué frecuencia los jóvenes varones ingresados en atención psiquiátrica adquieren antecedentes penales por delitos sexuales en los primeros 10 años desde su alta médica, en el caso de que los adquieran. Conocer cuál de los diagnósticos conlleva el mayor riesgo de delitos sexuales posteriores también es uno de sus objetivos. 

Por otro lado, como el estudio implica un seguimiento de los casos durante 30 años, se preguntan también cuáles son las diferencias entre los jóvenes ingresados en la década de 1980, 1990 y los 2000. 

Para ello, obtuvieron una muestra de 6.749 adolescentes de entre 13 y 17 años que fueron admitidos, entre 1980 y 2010 para realizar su primer tratamiento psiquiátrico.

Los antecedentes penales posteriores se obtuvieron de registros públicos de Finlandia, el contexto del estudio. Contenían datos sobre las sentencias impuestas, las sentencias perdonadas y los cargos rechazados por los tribunales de primera instancia. 

De todos los pacientes, sólo 103 habían cometido delitos sexuales durante el seguimiento, lo cual es un número muy bajo (1,5%). Por tanto, la condena penal por delitos sexuales cometidos por adolescentes durante los 10 años posteriores a su alta de un centro psiquiátrico, es muy poco común.

La adquisición de antecedentes penales por delitos sexuales fue igualmente común entre aquellos que ingresaron en psiquiatría en la adolescencia temprana (13-14 años) y aquellos que lo hicieron en adolescencia más avanzada (15-17 años).

Los antecedentes penales por delitos sexuales fueron más comunes entre aquellos con diagnósticos primarios de consumo de sustancias, trastorno de la personalidad o de la conducta. Fue menos común entre aquellos jóvenes con trastornos del estado de ánimo. 

Además, tener antecedentes penales por violencia no sexual antes de la admisión en el centro psiquiátrico, se asoció con un mayor riesgo de cometer esos mismos delitos después de la admisión. 

Los pacientes ingresados por primera vez con diagnósticos relacionados con la esquizofrenia, tenían un riesgo bajo de cometer posteriormente delitos, tanto sexuales como no sexuales, aplicándose también a delitos no violentos. 

Sin embargo, pese a todo lo anteriormente nombrado, es importante mencionar que los delitos sexuales posteriores a la estancia en el centro psiquiátrico, fueron más comunes entre los jóvenes admitidos en los centros en la última década. 

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