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Amigos del Club del Lenguaje No Verbal, este semana presentamos el artículo “Evidence of Phone vs Video-Conferencing for Mental Health Treatments: A Review of the Literature”, de Chen, P. V.; Helm, A.; Caloudas, S. G.; Ecker, A.; Day, G.; Hogan, J. y Jan, L. (2022), en el que los autores realizan un meta-análisis en el que extraen conclusiones de literatura previa sobre los resultados positivos o negativos de las terapias psicológicas online con vídeo y telefónicas, comparándolas con la terapia presencial tradicional.

La capacidad de recibir atención de salud mental de forma remota, ya sea por vídeo y audio o sólo por teléfono, ha estado disponible desde aproximadamente 1960. Sin embargo, muchos terapeutas sintieron, ya desde esos años, que este tipo de atención era de menor calidad que la tradicional.

Precisamente este modelo tradicional se vio obligado a cambiar a principios de 2020. La pandemia de Covid-19 hizo necesarias medidas muy drásticas para la población, entre las que se encontraban el confinamiento y el aislamiento social. Por tanto, se limitó la atención sanitaria en persona y se pusieron en primera plana las modalidades de vídeo y teléfono, a medida que los pacientes y los terapeutas buscaban continuar con la terapia mientras se respetaban las medidas de seguridad y prevención. 

Sin embargo, no se sabe con exactitud si, en efecto, la atención por vídeo y/o teléfono es mejor que la presencial o no, o cuál de las dos podría ser su competencia más directa, porque sus aplicaciones han sido muy dispares. 

Por ejemplo, de abril a junio de 2020, de todos los encuentros de salud mental realizados en centros para Veteranos en Estados Unidos, el 63% se produjo por teléfono, el 21% por vídeo y el 14% de forma presencial. En una encuesta sobre el uso de los medios telemáticos por los usuarios beneficiarios de unos seguros de salud, se halló que el 56% de las visitas fueron sólo por teléfono, en comparación con el 28% de consultas realizadas por vídeo y el 16% que fue una combinación de teléfono y vídeo. 

El objetivo del artículo que presentamos esta semana fue proporcionar una revisión comparativa del uso del teléfono y del vídeo para proporcionar tratamientos de salud mental. 

Los autores extrajeron una serie de artículos sobre “vídeo-telesalud”, incluyendo aquellos publicados entre 2002 y 2022, para tener una visión lo más actual posible, y dividieron sus conclusiones en función de distintos bloques de enfermedades o problemas de salud mental.

Cuando hablamos de la ansiedad y la depresión, parece que los servicios de telesalud por vídeo pueden ser particularmente valiosos, ya que es más probable que los pacientes a los que se les diagnostica un trastorno del estado de ánimo asistan a las citas por videoconferencia antes que pacientes con otro tipo de diagnósticos. 

Además, se ha demostrado que tanto el vídeo como el teléfono son efectivos para reducir los síntomas relacionados con los trastornos del estado de ánimo. La terapia telefónica para la depresión es más eficaz que la ausencia de tratamiento, o incluso más que el tratamiento habitual; y los tratamientos para la ansiedad realizados por teléfono son, al menos, moderadamente efectivos para reducir los síntomas en comparación con la ausencia de tratamiento o el tratamiento tradicional.

En los pacientes con trastorno de estrés postraumático, la efectividad del tratamiento de vídeo es comparable a la atención en persona, y da como resultado una mejoría de los síntomas. Para los tratamientos por teléfono, los pacientes informaron también de una disminución de los síntomas.

Parece ser que los pacientes, por otro lado, están menos satisfechos con los terapeutas cuando se trata de atención telefónica y, además, los tratamientos a través de vídeo tuvieron mayores tasas de abandono. 

Para los tratamientos por uso de sustancias no hay diferencias significativas en la efectividad cuando los pacientes reciben tratamiento por vídeo o por teléfono, comparándolo con la atención en persona. Los pacientes que recibieron terapia grupal en persona o por vídeo tuvieron tasas positivas comparables en sus pruebas de detección de orina, duración similar de la abstinencia y cantidades similares de tiempo dedicado al asesoramiento intensivo.

Los estudios sobre tratamientos administrados de forma remota para dejar de fumar, muestran que no se han encontrado diferencias en la efectividad del tratamiento entre la terapia por teléfono, la terapia por vídeo y la terapia presencial, en lo relativo a tasas de abstinencia, cigarrillos por día e intentos de dejar de fumar. En conjunto, las terapias para dejar de fumar se pueden administrar de forma muy efectiva por medios no presenciales. 

En cuanto al trastorno obsesivo compulsivo, tanto el teléfono como el vídeo son modalidades viables de atención para su tratamiento. En dos ensayos controlados, se comparó el tratamiento telefónico y presencial y se vio que, para ambos, la reducción de los síntomas persistió 6 meses después del tratamiento. Además, aquellos que recibieron tratamiento para el TOC por teléfono, informaron de una alta satisfacción con su tratamiento en comparación con los pacientes en persona. 

Si bien se necesitan más estudios comparativos entre la terapia por vídeo y la terapia por audio, se puede concluir con que ambas tienen un porcentaje de efectividad muy similar al de la terapia presencial. Aunque es necesario dedicar más esfuerzos a estudiar aspectos como la comunicación no verbal en las terapias no presenciales, por ejemplo, para establecer relaciones sólidas entre paciente y terapeuta. 

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Amigos del Club del Lenguaje No Verbal, esta semana presentamos el artículo “Communicatie deficits associated with maladaptive behavior in individuals with deafness and special needs”, de Fellinger, J.; Dall, M.; Weber, C. y Holzinger, D. (2022), en el que los autores realizan un estudio para saber si existe una relación entre ser sordo y tener un comportamiento social desadaptativo en el que, además, haya déficits en la calidad de la comunicación. 

Las tasas de prevalencia de hipoacusia oscilan entre el 15 y el 25% de la población adulta. La pérdida auditiva que comienza antes de la adquisición del lenguaje, puede tener un gran impacto en la comunicación y el desarrollo socioemocional y cognitivo.

Los primeros años de vida son críticos para el lenguaje y el desarrollo en general. Si un niño no tiene acceso suficiente al lenguaje hablado o de señas durante ese período, esto puede tener efectos negativos duraderos en su capacidad futura de aprender un idioma, y esta privación del idioma, puede derivar en aislamiento social que, a su vez, afecta gravemente a la salud mental durante toda la vida. 

Aproximadamente entre el 33 y el 50% de las personas con sordera prelingual o con dificultades auditivas en general, tiene otras discapacidades adicionales, por ejemplo, trastornos del neurodesarrollo como trastornos del espectro autista o trastorno por déficit de atención con hiperactividad, u otros trastornos neurológicos. 

Este hecho hace que las dificultades de comunicación y salud mental sean aún más pronunciadas. La combinación de sordera y discapacidades intelectuales es un doble riesgo y tiene un impacto mucho mayor en la vida de las personas. 

En un estudio danés, los niños con sordera y necesidades especiales tenían tres veces más probabilidades de padecer problemas psicosociales en comparación con niños con sordera pero sin necesidades adicionales. 

Los problemas emocionales y de comportamiento de los niños sordos y cómo estos se relacionan con el lenguaje están, en general, bien documentados en la literatura, pero es cierto que estos dos elementos asociados con la comunicación social y el comportamiento desadaptativo no son tan populares, por ello, los autores se decantaron por la convergencia de estos temas. 

La comunicación, con sus elementos verbales y no verbales, tiene un papel esencial en nuestras vidas, como ya hemos señalado en muchas ocasiones, pero además, también en los procesos neurocognitivos, incluida la atención, el aprendizaje, las normas sociales… 

En la literatura, cuando se habla de un comportamiento desadaptativo, se hace referencia a un comportamiento que interfiere con las actividades de la vida diaria de un individuo o con su capacidad para adaptarse y participar en entornos. Usando esta definición, los autores realizaron un análisis de la prevalencia del comportamiento desadaptativo y cómo éste se asocia con las habilidades del lenguaje verbal y no verbal y la comunicación social en adultos con sordera y necesidades especiales. 

La muestra estuvo compuesta por 61 participantes con sordera y discapacidad intelectual y/u otros trastornos del neurodesarrollo. Todos los participantes tenían en común que, antes de los 6 años, cuando se inscribieron en una escuela para niños con sordera, casi no habían tenido acceso a la lengua de signos. Crecieron sin un acceso adecuado al lenguaje y sólo con un mínimo de lenguaje expresivo. En la mayoría de las familias sólo se usaba un número limitado de señas y gestos sencillos, lo que conducía a una grave privación del lenguaje durante la infancia. 

Los hallazgos mostraron que hubo una tasa de prevalencia de comportamiento desadaptativo elevado del 41% y una puntuación especialmente alta en el 18% de los participantes. Es una tasa bastante elevada, teniendo en cuenta que los participantes vivían en un entorno que había sido adaptado a sus necesidades.

Se encontró que los retrasos en el lenguaje, sobre todo en el de señas, eran significativamente más pronunciados cuanto más intensa la dificultad neurológica del paciente. 

Se demostró que las habilidades del lenguaje y la comunicación social explican un 14% de la varianza en la tendencia a tener más o menos comportamientos desadaptativos, lo que confirma la hipótesis de los autores de que tiene una influencia bastante intensa. 

Los resultados enfatizan la importancia de tener acceso temprano al lenguaje, sean cuales sean las circunstancias del niño, y la promoción constante de las habilidades comunicativas verbales y no verbales, ya que aquellas personas con mejores habilidades lingüísticas y de comunicación social, demostraron niveles más bajos de un comportamiento desadaptativo. 

Además, los hallazgos destacan la necesidad de fomentar el desarrollo de la comunicación social en todas las personas, sin importar cómo sea su funcionamiento cognitivo. 

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Amigos del Club del Lenguaje No Verbal, esta semana presentamos el artículo “Conditions Influencing Effective Nurse Nonverbal Communication With Hospitalized Older Adults in Cameroon”, de Wanko-Keutchafo, E. L.; Kerr, J.; Baloyi, O. B. y Duma, S. E. (2022), en el que las autoras realizan un estudio en hospitales de Camerún para saber qué factores influyen en la calidad de la comunicación no verbal entre pacientes de edad avanzada y enfermeros que se encargan de su cuidado. 

Los adultos de edades avanzadas constituyen una proporción muy significativa de la población en todo el mundo, y en muchas ocasiones son los grandes olvidados.

Los adultos mayores llegaron a la cifra de más de 32 millones de personas en el África subsahariana en 2019 (el contexto de este artículo), y se prevé que alcancen los 101 millones en el año 2050, lo que supondrá un aumento del 218%.

Este rápido crecimiento implica que, con el tiempo, habrá una mayor necesidad de atender de forma médica a los mayores, y se espera que los enfermeros se relacionen con este tipo de pacientes más que con cualquier otro. 

Sin embargo, los pacientes tienen una amplia gama de experiencias personales que influyen en sus percepciones, que van aumentando en diversidad según van cumpliendo años. 

Además, los adultos mayores pueden experimentar déficits auditivos, cambios en la atención y codificación de la información, lo que puede restringir su interacción, participación y comunicación efectiva. Todo esto nos indica que las habilidades para tener una buena comunicación serán esenciales en enfermería. 

Como hemos dicho en numerosas ocasiones, la comunicación es la piedra angular de la sociedad humana y sustenta la vida en comunidad. 

En los entornos sanitarios, la comunicación eficaz es la base de cualquier relación. Es importante para comprender las necesidades de los pacientes y apoyar la mejora de su salud y bienestar. 

La comunicación, como ya sabemos, tiene componentes verbales y no verbales y por tanto, es más complicada que la simple transmisión de información. 

El aspecto no verbal hace referencia a las expresiones faciales, cómo nos comportamos en general, el uso del tacto, del espacio y las distancias, cómo movemos el cuerpo, la apariencia física, los silencios y el tono de nuestra voz… entre otros muchos elementos. 

Los factores que influyen en la comunicación entre enfermeros y pacientes parecen dividirse en aquellos relacionados con el enfermero, con el paciente, con el ambiente, los físicos y los psicológicos

Las autoras han identificado algunos dentro de estos grupos. Por ejemplo, factores relacionados con los enfermeros podrían ser la insatisfacción laboral, la carga de trabajo o el tiempo insuficiente. Sobre el entorno, podríamos señalar el hecho de que sea un lugar con mucho movimiento, muy ajetreado. Dentro de los factores físicos podemos mencionar el espacio en las habitaciones, el ruido o la falta de privacidad. Y, por poner más ejemplos, en los factores psicológicos, la ansiedad, el nivel de autoestima, trastornos, e incluso la religión. 

Cuando la comunicación es efectiva, los pacientes se sienten cuidados, respetados y más capaces de describir sus preocupaciones. 

También merecen investigación las actitudes discriminatorias por la edad, los prejuicios y estereotipos en función de tener más o menos años, como, por ejemplo, hablar de forma condescendiente. 

Las autoras se proponen con este artículo describir las condiciones que influyen en la comunicación no verbal efectiva de los enfermeros con adultos mayores hospitalizados en el contexto camerunés. 

El estudio se realizó en dos hospitales públicos de referencia y enseñanza en Camerún. Diez enfermeras mujeres, cuatro estudiantes, dos gerentes y un auxiliar de enfermería participaron, dejando que se observase su conducta al tratar con pacientes de edades avanzadas. Los datos se recopilaron entre julio de 2018 y enero de 2020. 

Los hallazgos revelaron que los factores que más influyen son aquellos relacionados con los enfermeros. 

Parece ser que lo más determinante son las creencias y prejuicios, los rasgos de su personalidad, las experiencias personales y el amor y vocación por su trabajo

Por otro lado, parece ser que las creencias religiosas facilitan una comunicación verbal positiva entre enfermeros y pacientes; sin embargo, esto no es algo que se de siempre, ya que en un estudio de 2019 se informó de que los pacientes musulmanes esperaban que los enfermeros se inclinaran ante ellos al atenderlos y, si no lo hacían, eran percibidos como insolentes. 

La conciencia de las enfermeras sobre su comportamiento no verbal es también muy importante, puesto que, cuanto más pendientes parecen estar de transmitir sentimientos positivos, más efectivo parece ser. En este punto influye, por supuesto, la experiencia. 

Se sugiere que, para mejorar cada vez más la comunicación no verbal entre enfermeros y pacientes, se creen programas educativos para profesionales de la salud, promocionando mayoritariamente la empatía.

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Amigos del Club del Lenguaje No Verbal, esta semana presentamos el artículo “‘You never get a second chance’: First impressions of Physicians depend on their Body Posture and Gender” de Grün, F. C.; Heibges, M.; Westfal, V. y Feufel, M. A. (2022), en el que los autores realizan un estudio para saber si las posturas abiertas y las cerradas influyen en la percepción que tenemos sobre el médico, así como el género de éste.

La forma en que un paciente percibe a su médico influye en multitud de factores que determinan el éxito del tratamiento, por ejemplo, en la información que se comparte entre ambos, en la comunicación médico-paciente, la satisfacción del paciente, la adherencia a la medicación y, en última instancia, los resultados de salud. 

Las primeras impresiones sientan las bases para una interacción médico-paciente exitosa, en particular cuando los encuentros son breves, cuando suele ser el caso de muchas consultas de salud. 

Recientemente, la investigación empírica ha comenzado a preguntarse cómo el comportamiento no verbal, relacionado con las posturas corporales, puede afectar a las primeras impresiones de los pacientes sobre los médicos. 

Un estudio de 2019, demostró que los médicos que adoptan posturas de alto poder, dicho de otra manera, posturas abiertas (por ejemplo, los brazos en las caderas), son percibidos con mayor probabilidad como competentes, que cuando asumen posturas de bajo poder, es decir, posturas cerradas (brazos cruzados), sin embargo, no tuvo en cuenta el género. En este mismo estudio se llegó también a la conclusión de que la capacidad de empatía también se relacionaba con la competencia percibida del médico. 

La calidad de la interacción médico-paciente no sólo está influenciada por la comunicación de información sobre la salud del paciente, sino también por otros elementos, entre los cuales se encuentra el no verbal. 

Se ha estudiado recientemente la influencia de la apariencia física de los médicos en relación a su ropa, el grupo étnico al que pertenecen o su género, pero los autores se centran en este caso en las posturas y, además, en éstas relacionadas con el género.

En 2002, un estudio informó  de que asentir con la cabeza, inclinarse hacia adelante, y las piernas y brazos sin cruzar, conducen a una mayor satisfacción del paciente. 

Con respecto al ámbito clínico, también hay investigaciones que muestran que la interacción médico-paciente está influenciada por el género, y los pacientes aprecian el comportamiento que encaja con los estereotipos, como las mujeres que hablan con una voz suave. 

Otros estudios muestran resultados contradictorios sobre el género respecto a esta última idea. Un metaanálisis mostró que los pacientes generalmente prefieren interactuar con médicos varones, pero hay otras investigaciones que indican que el género no existe, y otras que dicen que las mujeres prefieren ser atendidas por mujeres ginecólogas. 

En resumen, los hallazgos inconsistentes de los efectos del género en la percepción de los médicos, hacen necesaria una mayor investigación sobre el tema. 

En la investigación que nos ocupa, los autores se centraron en las posturas abiertas y posturas cerradas, y metieron el género como una variable más, para estudiar la percepción de los pacientes sobre los médicos.

Reunieron a un total de 200 personas adultas de Estados Unidos e hicieron una encuesta online. El material de la encuesta consistía en fotografías de médicos en posturas abiertas y posturas cerradas, de tal forma que había médicos con posturas abiertas y cerradas, y lo mismo para las médicas. En la encuesta online se pidió a los participantes que calificaran sus percepciones de estos médicos. 

Los resultados obtenidos mostraron que los médicos hombres tienden a ser percibidos como profesionalmente más competentes cuando asumen posturas corporales abiertas y, además, parecen alentar a los pacientes a asumir un rol activo en la interacción médico-paciente.

Por otro lado, las médicas que asumían posturas abiertas, eran percibidas como profesionalmente más competentes que aquellas con posturas cerradas, pero no más que los médicos varones. Y, curiosamente, las médicas eran calificadas más positivamente en competencias sociales cuando tenían posturas cerradas. 

Por otro lado, los médicos varones en posturas abiertas y mostrando empatía, tienden a ser percibidos como personas cálidas, además de competentes. 

Es decir, parece ser que las mujeres tienden a tener calificaciones altas en competencia cuando muestran posturas abiertas, pero bajas en calidez; lo que no ocurriría con los médicos varones, que tendrían puntuaciones altas en ambas. 

Las posturas corporales influyen en las percepciones de los pacientes. Por lo tanto, además de entrenar los aspectos verbales de la interacción, los profesionales médicos deben ser conscientes de las dimensiones no verbales e incorporarlas en su día a día, para tener un mayor control de la percepción que sus pacientes tienen de ellos.  

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Amigos del Club del Lenguaje No Verbal, esta semana presentamos el artículo “Gender Biases in Estimation of Others’ Pain”, de Zang, L.; Reynolds Losin, E. A.; Ashar, Y. K.; Koban, L. y Wager, T. D. (2021), donde los autores realizan dos experimentos para saber si las mujeres sienten o expresan más dolor que los hombres o es al contrario. 

La estimación precisa del dolor de los demás a partir de señales no verbales es un aspecto esencial de la comunicación interpersonal, ya que es la base de la empatía y los cuidados. 

Reconocer el dolor de los demás es una habilidad interpersonal cada vez más valiosa, tanto para los médicos como para el resto de la población. 

Aunque el dolor se suele evaluar a través de autoinformes, el reconocimiento de las expresiones faciales de dolor es una parte muy importante de la evaluación. 

Como las expresiones de dolor son comportamientos comunicativos, las interpretaciones de los observadores de esas expresiones son un aspecto crucial de la comunicación del dolor. Estas interpretaciones se ven afectadas no sólo por las características de las expresiones de dolor, sino también por el conocimiento del observador y los sesgos que tenga sobre el dolor y las características de quienes lo padecen. 

Por ejemplo, varios estudios han probado que es más probable que se recomiende tratamiento psicológico para las mujeres que sufren una dolencia más que para los hombres, a los que se les recetan analgésicos. Por tanto, las pacientes femeninas tardan más tiempo en recibir medicación analgésica. Sin embargo, es importante señalar que existen otros estudios sobre los sesgos sexuales en el tratamiento del dolor que muestran el patrón opuesto, o ninguna diferencia sexual significativa. 

A pesar de las evidencias clínicas de subestimación y tratamiento insuficiente del dolor en las pacientes femeninas, los hallazgos de laboratorio sobre los sesgos sexuales han sido inconsistentes y de hecho, en algunos estudios se ha determinado que las mujeres sienten más dolor que los hombres, teniendo en cuenta sus expresiones faciales. 

Es decir, parece que una gran parte de los resultados en la evaluación del dolor la deciden las expresiones faciales. Por tanto, controlar las medidas objetivas de la expresividad facial en general y del dolor en particular, es un paso importante para aislar el sesgo del perceptor. 

En este contexto también existen estereotipos de género relacionados con el dolor, por ejemplo, que las mujeres se quejan más que los hombres y no informan de forma precisa de su dolor, o que los hombres son más sensatos y cuando se quejan de su dolor, es real. Estas creencias afectarían a la evaluación del dolor y su tratamiento. 

Para profundizar en el tema, los autores realizaron dos experimentos. Primero, compararon las diferencias en la estimación del dolor en hombres y mujeres, controlando que haya el mismo nivel de expresividad facial y también controlando el dolor autoinformado por los pacientes. Esto es necesario porque la cantidad de dolor que experimentan los pacientes es muy variable, también porque la respuesta facial al dolor es una de las señales más destacadas que utilizamos para estimar el dolor, y por último, porque la expresividad de los pacientes puede afectar a las estimaciones del observador a través de la empatía. 

Para el experimento 1, participaron 50 voluntarios que tuvieron que ver una serie de videos de rostros de personas que experimentaban algún dolor. Cada vídeo fue codificado a través del sistema FACS, y fueron especialmente relevantes las unidades de acción AU4 (descenso de las cejas), AU6 y 7 (contracción de los párpados), AU9 y 10 (contracción del elevador) y AU43 (cierre de ojos). Estas unidades de acción son representativas de la emoción del dolor.

Además, los vídeos incluían un autoinforme de los pacientes donde calificaban su propio dolor. 

El objetivo de este experimento fue probar si el sexo de los pacientes afecta a la estimación del dolor según los observadores. La hipótesis era que si no se controlaba la intensidad de las expresiones faciales, las pacientes femeninas serían percibidas como con más dolor que los pacientes masculinos. Si, por otro lado, hubiese niveles similares de expresión y dolor autoinformado, serían los pacientes masculinos los que serían percibidos como pacientes con más dolor. 

Los resultados no respaldaron las hipótesis. No se percibió que los pacientes masculinos y femeninos tuvieran diferentes grados de dolor antes de controlar el dolor, la expresividad facial y el dolor autoinformado del paciente. Sin embargo, se percibió que las pacientes femeninas tenían menos dolor que los pacientes masculinos cuando sí se controlaban las expresiones faciales y los autoinformes. 

El segundo experimento fue muy similar, salvo que se añadieron unos cuestionarios de opinión sobre el tratamiento para el dolor y los estereotipos de género. 

En general, se subestimó el dolor de las mujeres en relación con el dolor autoinformado, mientras que sobreestimaron el de los hombres. Además, las pacientes femeninas, según los observadores, se beneficiarían más de la psicoterapia que los pacientes masculinos. 

La subestimación del dolor y la psicologización en el tratamiento del dolor de las mujeres podría tener efectos secundarios muy negativos en su salud. Por tanto, se debe tener en cuenta la existencia de estos estereotipos y actuar en consecuencia, para que tanto hombres como mujeres reciban el tratamiento que necesitan y su salud no se vea perjudicada. 

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Amigos del Club del Lenguaje No Verbal, esta semana presentamos el artículo “Communication training is inadequate: the role of deception, non-verbal communication and cultural proficiency” de Baugh, A. D.; Vanderbilt, A. A. y Baugh, R. F. (2020), en el que los autores explican por qué consideran que es necesario mejorar el entrenamiento comunicativo en el contexto de la medicina. 

El artículo de esta semana parte de la pregunta de: ¿estamos entrenando bien a nuestros médicos para que la comunicación sea efectiva con todo tipo de paciente? 

Los sistemas de salud de todas las sociedades tienen interés en mejorar la capacidad de sus médicos para dar una atención competente a todos los usuarios del sistema, sin importar cuál sea su cultura. 

Las Naciones Unidas han reconocido que se deben abordar las desigualdades a las que se enfrentan las poblaciones marginadas y ha incluido el asunto en su agenda. 

Más del 20% de las personas desplazadas o pertenecientes a colectivos marginados afirman haber renunciado a buscar atención médica por completo, debido a las dificultades que encontraron en el camino y a malas experiencias previas, lo que demuestra la importancia de una atención culturalmente sensible. Además, identificaron el racismo como una de las principales causas de insatisfacción.

Lo que los autores defienden, teniendo todo esto en cuenta, es que los fallos en la comunicación son lo que subyace a estos problemas, y tienen sus raíces en la demografía cambiante y heterogénea de la cultura actual y las actitudes de los médicos. Además, consideran que la comunicación intercultural efectiva nace del conocimiento de las diferencias culturales y de un deseo genuino de comunicarse de forma activa y correcta.

Para ello, es importante tener en cuenta que la socialización durante la infancia imparte valores y tendencias sociales que arraigan en nosotros y guían nuestro comportamiento en la vida, a pesar de la educación, las experiencias posteriores, etcétera. 

Los estudiantes de medicina a menudo carecen de exposición intercultural, debido a la tendencia a la autosegregación residencial, económica y cultural. En ausencia de esto, predomina la tendencia a privilegiar la propia y se presagia un efecto negativo en las actitudes interculturales cuando se exponen a la diversidad. Y la creciente desigualdad sólo emporará la situación. 

La comunicación, un pilar fundamental de la interacción social humana, y por tanto también para la práctica de la medicina, requiere de la alineación y sincronización del hablante y el oyente. 

La comunicación efectiva entre dos personas requiere la superposición de señales verbales y no verbales, que pueden ser, en ocasiones, culturalmente específicas. 

La sanidad debe aspirar a algo más alto: la creación de una realidad compartida entre el médico y el paciente

Las influencias culturales surgen a raíz de muchos factores: el origen étnico, la religión, la edad, el estatus socioeconómico, o el nivel educativo entre otros. 

Tanto la aspiración a una realidad compartida, como las complejidades inherentes a la práctica de la medicina y las influencias culturales, hacen que confiar únicamente en señales verbales o no verbales sea una estrategia poco exitosa, sino que ambas son necesarias. 

Por ejemplo, debido a que la mayor parte de la comunicación no verbal es inconsciente, se pueden usar de forma predeterminada señales que quizá no sean las adecuadas y, por tanto, frustrar los intentos de mejorar la comunicación. 

También está el punto de que, los daños en las relaciones médico-paciente también se relacionan con la capacidad del paciente para percibir una comunicación deshonesta. 

El comportamiento o la comunicación no verbal incongruente es lo que subyace a la mayoría de la detección de mentiras. Por ejemplo, existen diferencias detectables a partir de la activación o no de ciertos músculos del rostro para saber si una sonrisa es falsa o es genuina (la llamada “sonrisa de Duchenne”). 

Los pacientes aprecian las incongruencias no verbales de los médicos y las pueden entender como señales de deshonestidad. 

Además, los encuentros médicos representan situaciones tensas o de riesgo, que hacen más probable la detección de falta de sinceridad. 

Para remediar todo esto, se ha visto que los estudiantes adquieren fluidez cultural de forma más lenta cuando se hace en pequeñas dosis, por ejemplo, en encuentros médicos; mientras que ocurre lo contrario si pasan un tiempo inmersos en una cultura diferente. Además, cuanto mayor y más extensa sea la exposición previa y la interacción con otra cultura, menores serán los sesgos inconscientes. 

Hay algunas escuelas que imparten cursos de lenguaje médico, reconociendo la relación del lenguaje y la cultura, sin embargo, tienen una accesibilidad limitada y sería muy positivo facilitarla más. 

Se debe entrenar a las escuelas de medicina para rediseñar la capacitación en comunicación, de manera que los estudiantes sean más conscientes de estas debilidades y se busque cómo cambiarlas.

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Amigos del Club del Lenguaje No Verbal, esta semana presentamos el artículo “The Influence of Face Gaze by Physicians on Patient Trust: an Observational Study” de Jongerius, C.; Twisk, J. W. R.; Romijn, J. A.; Callemein, T.; Goedemé, T.; Smets, E. M. A. y Hillen, M. A. (2021), en el que los autores se preguntan si el hecho de que el médico mire a la cara al paciente influye positiva o negativamente en la confianza para con este.  

La mirada es un elemento muy importante en la comunicación no verbal. Entre otras cosas, sirve para transmitir información sobre cómo nos sentimos, si estamos prestando atención a lo que nos cuentan, e incluso la utilizamos para dirigir de forma directa una conversación.

Si la consideramos tan importante en las relaciones con los demás, tanto lo será también en la consulta del médico, que no deja de ser un encuentro social.

Por ejemplo, se sabe que los pacientes siguen la mirada de los médicos cuando éstos consultan el ordenador. Además, la mirada del médico hacia el paciente parece promover un mayor compromiso del paciente para tomar su medicación.

Por lo contrario, se ha relacionado una reducción de la confianza hacia el médico con el hecho de que este no mire directamente al paciente.

¿Por qué es importante dedicar investigaciones a este tema?

Principalmente, porque cada vez es más común la utilización de la tecnología como método para sustituir encuentros presenciales, incluso las consultas médicas. Y si los medios electrónicos reducen el contacto visual entre médico y paciente, se plantea la posibilidad de que haya efectos negativos sobre la relación de confianza entre ambos.

Pero, además, aparece otra cuestión. En los últimos años se ha observado un aumento de trastornos mentales, tales como la depresión y la ansiedad. Por ello, a los autores les interesa dar unas pinceladas sobre cómo el contacto visual entre médico y paciente afectaría a personas con ansiedad social, que ocupa el puesto de la tercera enfermedad mental más común.

Para estudiar los efectos de la mirada a la cara médico-paciente, los autores llevaron a cabo un estudio en el que 16 médicos pasaron consulta a un centenar de personas. Estos médicos llevaban unas gafas especialmente preparadas para medir los movimientos de sus ojos, así como la dirección a la que apuntan.

Después de la consulta, los pacientes realizaron una serie de cuestionaros para medir la confianza en el médico y el nivel de empatía percibido. También se les hizo un test para saber si sufrían de ansiedad social o no. Además, tanto antes como después de la consulta se les pasó un último cuestionario para medir sus niveles de angustia y comprobar si habían mejorado o empeorado tras el encuentro con el médico.

Los resultados, sorprendentemente, fueron lo opuesto de lo esperado.

En el experimento realizado, cuanta más mirada del médico a la cara del paciente hay, menor es la confianza de este último hacia él.

Además, no se encuentra una relación entre la mirada del médico a la cara del paciente y la percepción que tiene el paciente sobre la empatía del médico. Lo mismo ocurriría para la variable de la angustia sentida por el paciente antes y después de la consulta.

Parece ser que la ansiedad social no es un factor lo suficientemente relevante como para arrojar información significativa al estudio, pero los autores señalan que los pacientes no obtuvieron resultados muy altos en el cuestionario de ansiedad social, por lo que es posible que se deba investigar más a fondo en pacientes con este trastorno diagnosticado.

A los autores les resultan chocantes estos resultados, al igual que a la mayoría de nosotros. En la creencia popular, está presente la idea de que cuando un médico mira a la cara su paciente se estrecha el vínculo entre ambos y la relación es mejor.

Y así lo confirmaban investigaciones previas. Sin embargo, estos estudios medían las miradas utilizando metodologías menos objetivas, como la simple observación de grabaciones.

Una de las hipótesis que lanzan los autores para explicar estos resultados, es el llamado “efecto del contacto visual”.

Es decir, que cuando nos sentimos observados aparecen respuestas neuroconductuales y de procesamiento cognitivo. Por ejemplo, una mayor autoconciencia corporal y dificultad para realizar tareas cognitivas. Dicho de otra manera, cuando nos damos cuenta de que el médico nos mira, aparece un cierto nivel de estrés que podría reducir la confianza puesta en él si nos sentimos demasiado observados.

En el estudio existen limitaciones, como la ya mencionada sobre la ansiedad social. Otra sería la posibilidad de que los resultados estén sesgados porque los médicos eran conscientes de que estaban siendo observados. También se debe mencionar que los autores no midieron los movimientos de los ojos de los pacientes para no condicionarlos. Sin embargo, es posible que se deban medir en futuros experimentos, ya que las miradas en una conversación dependen de todas las personas que intervienen en ella.

Los resultados de este experimento van en contra de la opinión general tanto de la sociedad en general como de la comunidad científica en particular, que creía que la mirada del médico hacia el paciente era, sin duda, beneficiosa para este último y para mejorar la relación y la confianza entre ambos.

Sin embargo, los autores señalan la necesidad de ahondar en esta cuestión realizando estudios que subsanen las limitaciones mencionadas en el suyo, y así se puedan utilizar las conclusiones para mejorar la relación entre médico y paciente.

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